Por Arturo Zárate Ruiz
Aunque la discusión sobre el rol y las oportunidades que deben tener las mujeres en la sociedad apenas adquirió importancia en el siglo XX, no quiere eso decir que haya sido un tema ignorado en otras épocas, por ejemplo, en el Siglo de Oro español.
Esa España que muchos pintan “oscurantista” y sujeta a la Inquisición fue una de las pocas naciones europeas que admitió mujeres en su trono, la célebre Isabel La Católica, fundadora del imperio; fue la tierra que recorrieron y sacudieron enérgicas santas, como Teresa la Grande, para reformar la vida religiosa; fue la tierra donde escritores como Cervantes retrataron la sencillez y prudencia de las aldeanas (Teresa Panza), tan en contraste con la simpleza y credulidad de sus esposos (Sancho); la tierra donde, en fin, se escribió sin pena alguna sobre prostitutas, transexualismo y las enfermedades sexuales de su tiempo (ver Don Quijote).
Fue, por supuesto, una tierra muy machista en que algunos autores se expresaban de manera groserísima sobre la mujer, aun cuando ellos mismos tachasen esas ideas de “raras”. Baltasar Gracián dijo: “La mayor capacidad de la más sabia mujer no pasa de la que tiene cualquier hombre cuerdo a los catorce años de edad”.
Aun así, se dio una discusión interesante, relevante aun hoy, al hablar del rol y oportunidades de la mujer. Se discutió en qué residía el “señorío” de una persona. Baltasar Gracián, sin dudar ni un poco, consideró que residía en la virtud. Y no pocas veces agregó: la virtud la gozan innumerables mujeres. De hecho, por sus libros desfilan numerosas señoras que en su tiempo destacaron por sus virtudes de ingenio, discreción, autoridad, liderazgo, voluntad y heroísmo.
Si alguna vez le niega el señorío a las mujeres no es por su sexo, sino por algo más bien circunstancial, la inmadurez: “¡Aún mujeres no quieren! ¡Siempre niñas!” Bajo el mismo criterio le niega el señorío a los hombres. Tras repasar el estado de las costumbres de los países europeos en su tiempo, Gracián lamenta que los españoles permanezcan en esa edad primaveral de los niños o veraniega de los adolescentes, sin coronarse de los frutos del otoño. Entre la nobleza madrileña, se queja, sólo la Princesa de Rosano y la Marquesa de Valdueza se salvan de ese vicio tan extensivo de la inmadurez. De ningún hombre puede él decir: “he ahí un adulto”.
Podría uno concluir, con esta visión tan española del señorío, que la única distinción válida entre las personas es la virtud, sin ser relevante por tanto la clase social, el estado, el sexo, el dinero y otras circunstancias mundanas. Parecería así que los españoles del Siglo de Oro se le adelantaron cien años a la “Ilustración” y trescientos al “feminismo”: todas las personas somos iguales; la sola diferencia consistiría en su virtud.
Sin embargo entonces, y aun hoy, los parámetros de virtud se restringen en gran medida a modelos “masculinos”. Para Gracián, las madrileñas destacaban como señoras porque poseían toda la virilidad que los hombres de Madrid carecían. Dijo: “En España han pasado siempre plaza de varones las varoniles hembras”. Consideró que Simíramis, de Babilonia, fue reina menos por vestirse como hombre que por pensar como hombre. Es más, Gracián admiró a Isabel La Católica sobre todo porque supo esconder bien las “debilidades” de su sexo: callaba sus dolores de parto. ¿Hasta qué punto Gracián, como muchos otros “defensores” de la mujer contemporáneos, tasan la virtud de una mujer en la medida en que se comporte como hombre? ¿Hasta qué punto buscan demostrar su igualdad si también se viste, piensa, habla y se comporta como hombre, sobre todo a la hora de ascender en la escala laboral? ¿Hasta qué punto se le pide entonces a la mujer, como condición de “igualdad”, que renuncie a esas debilidades “suyas”, como son el embarazarse, el cuidar de los niños y la vida familiar? ¿Hasta qué punto se le pide a la mujer que siga los mismos pasos deshumanizantes del hombre, quien, tras el advenimiento de la era industrial, abandonó lo que era al mismo tiempo hogar y taller, u hogar y granja, para irse lejos de la familia y sostenerla económicamente desde una fábrica?
¿Hasta qué punto esos parámetros de “virtud” son después de todo no sólo falsos para la mujer sino también falsos para el hombre? Esta visión del señorío, de Baltasar Gracián, no sólo es sexista, es además inhumano.
No puedo negarle a Baltasar Gracián hermosas páginas sobre la amistad y la vida familiar, ni incluso, tan mustio él, sobre el amor. De hecho, creía sinceramente que la familia y los amigos podían ser importantes fuentes de inspiración, de apoyo y de consejo para el estadista (o, en el caso de hoy, el líder de una empresa). Sin embargo, muchas veces los amigos no pasaban de ser instrumentos para que ese líder consiguiese sus fines, y la familia le era más un fardo que mantener en el clóset que un estímulo a sus metas. Gracián así se contradice. Aunque señorío y virtud exigen plenitud en la persona, Gracián subordina a los amigos y la familia al trabajo y al dinero, no al revés. Y ha dado pretexto para subordinar a los individuos a los estados totalitarios, y a las personas a los fines puramente económicos de las corporaciones.
Feminismos como ése, no los quiero.
|