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Educar al niño y al adolescente

En los artículos anteriores expuse los principios que, a mi modo de ver, deben orientar la labor formativa de padres y profesores. Se trataba de preceptos fundamentales, que conviene tener en cuenta siempre, a lo largo de todo quehacer educativo.
Ahora me propongo añadir otras ideas rectoras, menos universales, aplicables de forma exclusiva o predominante a las etapas iniciales del crecimiento de nuestros hijos y alumnos.
Tampoco en este caso aspiro a ser exhaus­tivo. Pretendo tan solo iluminar con breves fogonazos —casi a modo de estrellas fugaces— la actitud más conveniente con los chi­cos durante sus primeros años, desde el nacimiento hasta la adolescencia.
Comenzaré distinguiendo, un tanto arbitrariamente, tres fases en el desarrollo infantil:

1. Gestación y nacimiento

En el seno materno…
    Como han demostrado las técnicas más avanzadas, la educación del niño comienza incluso an­tes de su nacimiento.
(Y de la boda y del noviazgo, pues los futuros padres harán recaer forzosamente en sus hijos lo que cada cual haya cultivado y hecho crecer en su interior… también desde su primera infancia.)
Volviendo al recién engendrado, ya en el útero que lo ampara percibe y resulta influido por los estados de ánimo de la madre: sobre to­do por el cariño con que lo acoge o, si fuera el caso, por la ansiedad o incluso el rechazo que su gestación provoca; y, asimismo, por la tranquilidad o la inquietud con que transcurran sus días a lo largo de los nueve meses. En consecuencia, el tiempo que vive en el seno materno es bastante decisivo para el despliegue de su carácter y personalidad.
Y, como insinuaba, lo que marca la diferencia es la serenidad y el gozo o el nerviosismo, las preocupaciones y el disgusto o la desazón de la madre.

Con el apoyo del padre
   Pero semejantes estados se encuentran muy influidos a su vez, y en ocasiones de forma determinante, por la actitud del padre hacia el futuro hijo y hacia la esposa y por la delicadeza y el mimo con que trata a esta última.
Por ejemplo, resultan fundamentales, por parte del esposo: 
          1. Los detalles de cariño más allá de los habituales, sin hacerlos pesar, respetando exquisitamente el estado de la futura madre o supliendo con ternura y picardía la disminución de «sensibilidad» que ella tal vez esté sufriendo como consecuencia de la gestación.
          2. El esfuerzo con que facilita su reposo, reemplazándola si es preciso en tareas que de ordinario realiza ella.
          3. La comprensión y el apoyo incondicional ante las preocupaciones que, sobre todo las primeras veces, provoca el embarazo… aun cuando parezcan —¡e incluso aunque realmente fueran!, ¿quién lo puede saber?— pequeñeces o naderías.
          4. Los ratos de sosegada conversación e intercambio de opiniones:
       4.1. Para conocer cómo se encuentra ella interiormente y cómo el crecimiento del niño va afectando a su salud y a su tono anímico.
        4.2. Para saber los sueños que alimenta en su imaginación y los temores presentes y futuros que acaso le asalten.
        4.3. Para comunicarle lo que él va sintiendo por ella y por la nueva «personilla» que lleva en su seno…
        4.4. Y, sobre todo, para aprender a disfrutar juntos con las maravillas que el héroe o la heroína que hace poco concibieron va a realizar y con todas las alegrías que les reportará en el futuro.
          5. En este último extremo se incluyen los «sueños» y «novelas» que forjan sobre el hijo venidero: «alguien» que va a constituir de un modo u otro, mientras siga en este mundo, uno de los ejes de sus atenciones, afanes y pugnas, y de los motores más claros de su propio crecimiento como padre y como madre… y como personas, pues, al cabo, viene a ser lo mismo.

Las actitudes del padre y de la madre respecto al hijo aún no nacido componen el humus en el que echará raíces el futuro carácter del pequeño

Sin dejarse vencer por «la novedad»
   Y todo lo precedente, teniendo muy en cuenta que la llegada al mundo de un hijo (en particular, del primero) supone una especie de revolución en la vida familiar-conyugal, en la que no todo podría ser positivo.
El hecho inesquivable es que quienes eran marido y mujer se convierten ahora, quieran o no, en padre y en madre. Y la clave para que el matrimonio siga funcionando, e incluso mejore, es que esa transformación no disminuya el cariño que como esposos se profesaban antes de la concepción y el nacimiento: que la nueva criatura no sea vista por ninguno de ellos como «invasor» de la antigua y tan grata intimidad o como enemigo de la vida en común.
El peligro existe y hace mella en bastantes parejas.
          1. La madre, al comenzar a serlo —normalmente, desde que se sabe embarazada, y más conforme avanza la gestación—, experimenta algo grandioso, que muy difícilmente podía imaginar ni comunicar al marido.
Así lo expone Janne Haaland Matláry, noruega, que ocupó varios cargos públicos en su país, entre ellos la Secretaría de Estado de Asuntos Exteriores: «He sido siempre una mujer dedicada a una actividad profesional y consideraba mi trabajo como lo primero de todo, pero solo cuando llegué a tener hijos, pude darme cuenta de que es en la maternidad donde radica la esencia de lo femenino en su más profundo sentido. La maternidad no es simplemente una función auxiliar de la paternidad, sino algo diferente. Para alguien como yo, que nunca pensaba en los niños ni demostraba interés hacia ellos, fue una especie de revolución existencial» (las cursivas son del original).
De forma un tanto más «explosiva» lo explica Nora Ephron: «Un niño es una bomba. Cuando tienes un hijo es como una explosión en el matrimonio, y cuando el polvo se asienta, el ma­trimonio esdiferente. Notiene por qué ser peor ni mejor, pero sí es diferente.»
          2. El padre, por el contrario, no siente nada especial… excepto que su mujer —si no ha sido prevenida y está muy atenta— le hace ahora bastante menos caso que unos días antes.
¿Solución? Además de seguir fomentando el cariño recíproco de manera directa y renovada, se deben poner los medios para que el marido, en este caso el más «débil» o postergado:
             2.1. Esté prevenido respecto a lo que le puede ocurrir.
             2.2. Participe de la experiencia de la mujer.
             2.3. Y logre él mismo experimentar y vivir la paternidad como un auténtico crecimiento, que puede y debe redundar también en beneficio del amor de los esposos (no es este el lugar para tratar la cuestión con más detalle).
Me parece interesante la correspondencia y la contraposición que, a este respecto, establecen Charles y Laura Robinson.
    1. Afirman en primer lugar: «Padres distanciados, separados, divorciados producen en sus hijos, casi inevitablemente, alguna u otra especie de penosos complejos: inseguridad, inquietud, retraimiento, sentimientos de inferioridad respecto a sus compañeros que proceden de hogares más cálidos.»
    2. Añaden de inmediato: «En realidad, nunca llegará la hora de cesar de avivar la llama de nuestro mutuo amor conyugal.»
    3. Y concluyen: «Cada vez que nace un nuevo hijo tenemos la estricta obligación de amarnos más.»
Cuando un hijo es concebido, igual que cuando nace, los esposos deben incrementar el amor mutuo que, como cónyuges, se profesan
El nuevo centro del hogar
   Apunto simplemente que, cuando no se trata del primero, no solo la madre y su marido, sino todos y cada uno de los restantes hijos contribuyen eficazmente al bien del recién engendrado, al menos de dos maneras.
      1. Apoyando también ellos sin reservas ni condiciones a la madre encinta, de modo que esta pueda beber hasta el último sorbo del gozo de la maternidad.
      2. Contribuyendo a la mejora del ambiente del hogar, que es, en fin de cuentas, el medio educativo por excelencia con que cuenta una familia, ya que pone en juego a todos sus integrantes.
Observa Menchén, justo a propósito del niño en gestación: «He pensado más de una vez que es muy bonito y significativo que toda la familia se centre en el elemento más débil y necesitado, y que esto comunique mayor unidad a la familia. Sucede también en las que hay un hijo discapacitado o con problemas: alguien más débil, en definitiva.»
Las familias suelen unirse más de lo habitual cuando entre sus miembros se cuenta uno particularmente débil o necesitado
2. Hasta la escolarización
Llantos y rabietas para el presente…
    Hacia los nueve meses de haber sido procreado, una vez que ve la luz del mundo, conviene prevenirse ante un miedo exce­sivo a que el niño llore.
No siempre es necesario co­gerlo inmediatamente en brazos y acunarlo.
El llanto es parte de su lenguaje, y hay que aprender a interpretarlo a tenor de las circunstancias. Puede tratarse de malestar, hambre o in­comodidad reales; pero también de impaciencia, de melancolía, de rabia o de capricho.
En este caso, aun cuando resulte muy difícil de aplicar, está vigente de un modo especialísimo la que puede considerarse como primera y más fundamental norma de toda educación:
El bien real del hijo es mucho más importante y debe ser tenido más en cuenta que su simple bienestar y que el nuestro
Más que nuestra tranquilidad, por supuesto, y que el hecho de evitarnos un mal rato. Pero también que nuestra «buena conciencia», que la sensación de «estarlo haciendo bien» o, al menos, poniendo todos los medios a nuestro alcance.
(Como se habrá observado ya desde el título de este libro, cada vez repito más a menudo y con mayor convencimiento, entre bromas y veras… y veras, y veras, que todos los padres educamos bastante «mal» y que, pese a ello, casitodos nuestros hijos «acaban saliendo» bastante bien.)
Pueden asegurar la paz futura
   Aplicado a las circunstancias que acabo de sugerir, y con la prudencia que la situación exige —y que lleva a intentar descubrir si existe una dolencia de peso a la que debe ponerse remedio—, el «saber aguantar» durante algunos días el llanto del chiquillo, aunque sintamos que se nos parte el corazón, puede constituir uno de los mejores regalos que le brindemos en esos primeros años:
          1. Porque el pequeño, al advertir que los padres no los toman en cuenta cuando no tienen un motivo justificado —¡y lo advierte, aunque nos resulte difícil de creer!—, eliminará esos lloros… saliendo él mismo beneficiado a corto plazo.
          2. Y porque los padres, liberados de las tensiones que esa excesiva solicitud genera, mantendrán la imprescindible y reconfortante calma y estarán más descansados y en mejores condiciones para transmitir al recién nacido idéntica tranquilidad y para atenderlo con paz y eficacia cuando verdaderamente lo requiera.
(Para unos padres primerizos es casi imposible imaginar hasta qué punto su actitud interior respecto al niño, en el momento de dejarlo en la cuna para dormir, influye en el comportamiento nocturno del chiquillo.
La excesiva preocupación —perfectamente comprensible— por lo que le pueda ocurrir durante esas horas será «aprovechada» por el pequeño para tener en danza a sus padres toda la noche.
Por el contrario, si sabemos «abandonarlo o abandonada» en su cuna como quien no va a hacerle el menor caso hasta el día siguiente, muy pronto comprobaremos —excepto en situaciones patológicas o de enfermedad— que el chico o la chica acepta las reglas del juego y no reclama nuestra presencia si no existe auténtica necesidad.
A todos los que ponen cara —o mente o corazón— de escepticismo, les desafío a que hagan la prueba… y casi puedo asegurarles que se quedarán pasmados).
Dejarle hacer… y crecer
    A medida que se va abriendo al mundo, el niño experimenta una apremiante necesidad de moverse, de probar, de explorar, de co­municarse con su entorno y, sobre todo, con las personas que lo rodean.
 Y todo esto exige de los padres no po­ca paciencia. Sin duda, para la madre es más cómodo y menos «arriesgado» darle de comer, lavarlo, vestirlo...; e incluso es entonces —cuando lo «sacrifica» todo por el hijo—, cuando tiene la impresión de cumplir hasta el fondo su deber.
Sin embargo, con la mejor de las intenciones, en lugar de desarrollar el espíritu de iniciativa y la autonomía del pequeño, le está «cortando las alas». Y, al hacerlo, disminuye su au­toestima, favorece su pereza, e incluso pue­de provocar la denominada oposición nega­tiva: irritación, agresividad, o bien inseguri­dad, abulia, rechazo a crecer...
El niño sobreprotegido está recibiendo el mensaje, tan implícito como claro, de que «no es capaz» de realizar unas acciones que realmente puede —¡y debe!— llevar a cabo por sí mismo.
Afirma una madre «reconvertida»: «Solía sentirme responsable de todo lo que mi hijo hacía. Pero ahora caigo en la cuenta de que no me corresponde a mí decidir siempre por él, ni protegerlo en todos sus pa­sos. Debo hacerme responsable de ayudarle a ser una per­sona capaz de vivir bien y ser feliz, y esto se consigue in­tentando que él desarrolle sus posibilidades al máximo. No puedo responsabilizarme de sus estados de ánimo o de sus errores. Mi trabajo consiste en ayudarle a ser com­petente y capaz, sin que siempre tenga que depender de mí.»
Desaparecer en beneficio del hijo
   En definitiva, los educadores han de saber recortar su propia acción para que florezcan en el niño el gusto y la alegría de sentirse activo y útil. Lo cual constituye otro de los principios más radicales de la educación, también muy difícil de poner por obra, y que cabría enunciar así:
Lo que la persona que intentamos formar pueda hacer por sus propios medios, debemos permitir (o incluso exigir) que lo realice, sin suplirlo nunca… aun cuando eso lleve consigo un sinnúmero de aparentes males
Entre otros, una cierta zozobra por nuestra parte, ante la inseguridad del resultado o incluso el descalabro que pueda originar; una presunta pérdida de tiempo, puesto que nosotros lo haríamos antes y mejor; un mayor esfuerzo, ya que resulta mucho más penoso —¡pero también más formativo!— enseñar a realizar algo («hacer hacer») que efectuarlo uno mismo, etc.
En resumen, solo ofreciendo «oportunidades de desarrollo» ponemos a nuestros hijos en condiciones de que efectivamente crezcan y experimenten el sano orgullo de que no «están de sobra», sino que tienen una función irreemplazable en este mundo.
Con lo cual, desde esos primeros momentos, les enseñamos a sentirse personas: únicos e irrepetibles. ¡No es poca cosa!
Para lograrlo —insisto porque lo considero capital—, hemos de esforzarnos en focalizar toda nuestra atención en el hijo y poner entre paréntesis el propio yo:
«Como padres, deseamos siempre controlar a nuestros hijos. Una forma de ejercer ese control es hacer lo máxi­mo posible por ellos. Pero cuanto más hacemos, menos se preocupan por sí mismos y más dependen de nosotros en sus decisiones. Como queremos asegurarnos de que estén sanos y fuertes, decidimos lo que deben comer; queremos que sean atractivos, y seleccionamos sus vestidos y les de­cimos qué camisa deben ponerse con determinados pan­talones; queremos que saquen sobresalientes, y les corre­gimos los deberes; queremos que sean perfectos, y los apuntamos a clase de baile, patinaje o dibujo.
La dificultad que nosotros tenemos en dejar que la ver­dadera identidad de nuestros hijos aflore a la superficie, deriva de nuestra propia necesidad de que ellos hagan las cosas a nuestra manera, no a la suya. Si les dejamos elegir según sus gustos, corremos el riesgo de sentirnos mal o impotentes cuando cometen errores. Quizás asuste mucho permitir que un niño afronte las consecuencias de sus de­cisiones. Pero, al final, acabarán por aprender mucho más de la experiencia que si siempre andamos protegiéndolos y decidiendo por ellos.»  
Para superar el egoísmo
    Compete también a los padres ayudar al niño a ir saliendo de su natural egocentrismo (que es, inicialmente, un medio necesario para descubrir y potencia su yo, su persona). A veces deberán soportar sus insistentes peticiones y retrasar el cumplimiento de lo que desee. De lo contrario, si ceden de inmediato a sus caprichos, lo estarán preparando para una «insatisfacción crónica» de por vida.
Hoy en día no es infrecuente que los padres, muy ocupados por otros menesteres, sustituyan la atención personal a sus hijos por regalos y concesiones, anticipándose incluso a que los chicos y chicas los soliciten.
De esta suerte, en lugar de transmitirles la convicción de que son unos auténticos privilegiados y deben estar agradecidos porque, además de la existencia, han recibido y reciben de continuo y gratuitamente muchos bienes de los que muchos otros niños carecen, creamos en ellos el convencimiento de que «tienen derecho a todo».
Y, así, no solo los transformamos en unos déspotas o pequeños tiranos, sino que cuando, con el correr del tiempo, les sean negados justamente privilegios o beneficios que en realidad no merecen, se sentirán tremendamente frustrados e incluso albergarán una especie de resentimiento universal ante esa sociedad que les niega sus «derechos».
¡Y no digamos nada si alguna vez llegan a ser objeto de una auténtica injusticia… o si piensan que el «culpable» es el propio Dios!
Otorgar al pequeño todos sus antojos, no enseñarle a privarse incluso de lo que a veces le resulta necesario, equivale a «condenarlo» a un futuro de perpetua decepción, de infelicidad e incluso de depresión inducida
Fomentar su justa independencia
    En los primeros años, la relación madre-hi­jo es un idilio de ternura, absolutamente imprescindible también para el bebé.
Son ya muchos los experimentos que prueban que los niños que crecen al amparo de sus madres, incluso en situaciones límite —como podría ser una prisión—, se desarrollan mejor desde el punto de vista físico, psíquico e intelectual que aquellos otros atendidos por especialistas en las mejores condiciones materiales, pero privados del calor y la ternura que solo una madre sabe y puede ofrecer.
Sin embargo, a medida que el niño crece, también la relación debe cambiar. Con el paso del tiempo la madre ha de modular su insaciable deseo de mimos, be­sos y caricias... y nunca, si se diera el caso, intentar sustituir las injustísimas desatenciones de un marido rutinario y apoltronado por las del hijo: el amor a este solo puede ejercer plenamente sus funciones beneficiosas cuando es el resultado y la prolongación del que los padres se otorgan entre sí.
Además, si no sabe controlarse, la madre pue­de hacer que más tarde sus hijos se sientan insuficientemente queridos, pues las carantoñas que de críos les satisfacían ahora les resultan incluso molestas… y no hay nada que las sustituya.
Con lo que conseguirá que los jóvenes desarrollen a su respecto una actitud ambigua, pero siempre negativa:
          1. Por un lado, no son capaces de sepa­rarse de ella y valerse por sí mismos.
         2. Y, por otro, al percibir con más o menos claridad que le resultan indis­pensables, la tiranizan y la maltratan.
Ninguna madre debería intentar compensar las injustas desatenciones de un marido tosco y apoltronado por un desordenado requerimiento de cariños y mimos a sus hijos
Estar muy atentos desde el principio, sin dejarse vencer por el miedo y la ansiedad
   Antes de proseguir, conviene llamar la atención sobre el influjo que ejerce, sobre toda la vida de una persona, las experiencias —también las formalmente educativas— experimentadas en los primeros años o incluso meses de su existencia.
Normalmente, el ser humano no es capaz de conocer «a partir de la nada», sino que el conjunto de indicaciones que recibe y los conocimientos que adquiere a lo largo de su entera biografía los «traduce» inconscientemente relacionándolos con lo que ya sabe y, más en particular, con lo que ha vivido en su primerísima infancia.
Además, en estos años se aprenden «las primeras actitudes», sobre las que se construirán los comportamientos futuros. Y tales actitudes, más todavía que en cualquier otra etapa, dependen de lo que el chico perciba que esperan de él quienes lo rodean.
Así explica Aguiló uno y otro extremo:
        1. «La educación en los primeros años es vital. Lo es, sobre todo, en el primero. Yo me he educado en una familia de trece hermanos y lo he visto constantemente. Recuerdo que mi padre nos decía que la educación del niño cuando está en la cuna es fundamental y que, aunque tendamos a pensar que se trata de una persona todavía poco inteligente y que apenas capta las cosas, goza no obstante de una agudeza enorme.
El bebé es una persona que sabe perfectamente si sirve para algo llorar, quejarse, cuál va a ser el resultado de lo que hace. Es mucho más inteligente y agudo de lo que parece. Por eso, educar bien a un niño o una niña desde muy pequeños es importante; más aún, decisivo.»
        2. «La propia imagen depende mucho de lo que pensamos que los demás piensan sobre nosotros. Ocurre mucho con los niños pequeños, por ejemplo, cuando se caen al suelo; pues a menudo observan a su alrededor antes de llorar o reír: miran a su padre o a su madre, y si ven en ellos cara de susto, enseguida se ponen a llorar; pero si su padre sonríe, ellos también sonríen y no le dan importancia.
Se puede comprobar fácilmente. Los niños, y también los mayores, antes de expresar sus sentimientos, miran a quienes los rodean —con el rabillo del ojo o de frente, pero miran— y sacan conclusiones.»
Y así refuerza el primero de ellos Monika Murphy-Witt:
«Los valores se desarrollan muy pronto en la vida de los niños. Y lo que los pequeños ya han interiorizado se mantiene estable hasta la edad adulta. Para los padres supone que debemos establecer tan pronto como sea posible cómo queremos educar a nuestro hijo y cuáles son los objetivos que tenemos en mente. Ya que solo si nos marcamos objetivos concretos podemos perseguirlos de forma con­secuente, cada día, incluso en medio del estrés y del caos.»
Conviene estar prevenidos —con tranquilidad, sin angustias bobas— para aprovechar al máximo los meses iniciales de educación de nuestros hijos
3. Los primeros años de escuela
«Ya voy a la guardería»
    La entrada en el colegio o la guardería pue­de representar un momento delicado en la vida del niño y repercutir sobre el futuro ren­dimiento escolar.
No es raro que los padres vivan el comienzo de las clases del chico con ilusionada satisfacción, como el inicio de una gran carrera y a veces —por qué negarlo— como una «liberación» de los cuidados del niño, que les robaba, hasta entonces, parte de su tiempo (el destinado a su trabajo… o a sus caprichos).
Pero el chiquillo tal vez la vivencie como la salida de su incontrasta­do reino infantil. La consecuencia puede ser un rechazo claro y semiconsciente, que en ocasiones se manifiesta en aparente retra­so o en concretas incapacidades escolares.
Los padres han de saber conjugar con prudencia el incremento de las atenciones al chico, que en ningún caso debería sentir que ha sido abandonado, y la fortaleza para hacerle comprender que inicia una nueva etapa y conseguir que la viva con todas sus consecuencias, evitando las concesiones indulgentes («hoy hace frío, mejor que no vayas a la escuela», «la profesora no te trata bien», «tus compañeros son malos»…), que nacen de una malentendida compasión y no originan ningún bien al chiquillo.
Compartir sus experiencias
    En cualquier caso, es oportuno hablar a los niños del colegio o del jardín de infancia antes de que co­miencen a asistir a él, pero sin el exceso de énfasis que lo convertiría en un suceso de vital importancia e incrementaría las repercusiones negativas que a veces (¡no es necesario que ocurra!) ese cambio pudiera provocar.
 Más bien, con picardía y mano izquierda, hay que lograr que los críos lo deseen como una fuente de satisfacciones y de intereses y nuevos logros: conocer a futuros amigos, aprender cosas que hasta el momento no sabían, desarrollar habilidades antes inexistentes, empezar a «ser mayores» y capaces de manejarse por sí solos…
Salta a la vista el error de utilizar la escuela como advertencia correctiva, diciendo, por ejem­plo, «¡Me gustaría verte cuando estés en el colegio; entonces sí que te harán portarte como debes!»
No solo se tornaría muy difícil que los chicos sintieran atracción hacia aquello que aún desconocen pero ya comienzan a temer, sino que los padres que así razonan estarían minando de raíz su propia autoridad y ascendencia… al tener que recurrir —para lograr que el hijo mejore— a algo distinto y ajeno a ellos.
No dejar de ser padres
    Resulta muy conveniente conocer el colegio de nuestros hijos junto a ellos y acompañarles en las emo­ciones que experimentan. Asimismo es importante, dentro de las posibilidades de cada familia, escoger bien el centro educativo. Entre los criterios de elección, hoy más que nunca resulta vital la existencia de un clima lo más recto (y cris­tiano) posible, propicio para el desarrollo hu­mano y espiritual de los chicos.
 Pero sin olvidar jamás que ni siquiera el mejor de los colegios exime a los padres de su compromiso y actuación educativa: conocer bien a sus hijos, tratarlos, orientarlos o re-orientarlos...
De hecho, uno de los factores que mayor daño está causando en las nuevas generaciones es la actitud combinada de:
          1. Unos padres que, con más o menos conciencia y voluntariedad (y de ordinario por dejadez presuntamente justificada por la falta de tiempo), reniegan de su condición de educadores natos e insustituibles, siempre responsables del desarrollo de sus hijos.
          2. Y ciertos gobiernos o grupos de presión que se arrogan el derecho de educar como algo propio —no delegado de los padres—, y manipulan los currículos con fines de partido… a veces en oposición neta a los ideales y convicciones de las familias que les han encomendado a sus hijos, incluso en temas —como la educación religiosa, ética o del ámbito más concreto de la sexualidad— de exclusiva competencia paterno-materna.
Los padres no pueden delegar el derecho-deber de educar a sus hijos en nada ni nadie
Ni permitir que otros usurpen nuestro lugar
   En el caso de los profesores, las posibilidades son también dos y contrapuestas:
          1. Declararse incompetentes en las cuestiones propiamente «formativas».
          2. Intentar suplir a los padres —cosa en ocasiones inicialmente necesaria—, en lugar de hacerles ver que tienen el derecho-deber irrenunciable de ocuparse de sus hijos… y «obligarles» amable pero reciamente a llevarlo a cabo.
(Como desarrollé en un escrito anterior, es esta la nueva y fundamental tarea que las circunstancias actuales han «añadido» —sin contraparte, por desgracia— a la ya difícil profesión docente.)
Para los padres, cito de nuevo estas excelentes ideas de José Orlandis: «El hogar ha de seguir siendo, también en la presente centuria, la primera escuela donde se formen los hijos y la que mayor huella les deje. Los padres han de sentirse responsables del ambiente que respiren esos hijos suyos. Ellos han de ser siempre ejemplares y crear un ambiente empapado de alegría […]. Para eso es necesario que los esposos aparezcan siempre unidos y unánimes, que se traten con suma delicadeza y que sean conscientes de que la buena educación puede ser la tabla de salvación de muchos matrimonios... y de muchas familias.
Pero para que pueda existir hogar son necesarias horas de presencia de los padres. Cuando la vida moderna impacta tan gravemente la existencia de los adolescentes, el hogar podría convertirse para ellos en aquello que rezaba un antiguo proverbio inglés: “my house is my castle” —mi casa es mi castillo—. La profesión de ama de casa tiene una incomparable “productividad” social, y la que la ejerce con exclusividad tiene  en ella una oportunidad más que sobrada de “realizarse”. En cualquier caso, la madre de familia que tiene alguna profesión que le obliga a trabajar fuera de casa ha de disponer del margen de tiempo suficiente para lo primordial: conseguir que sus hijos no carezcan de hogar, un logro en el que la participación del marido es hoy más necesaria que nunca.
Los padres […] son ahora directamente responsables de la formación integral de sus hijos: no pueden delegar esa función en maestros, educadores o terceras personas.»
Mostrarse disponibles
    También en esta etapa, para conocer bien al niño, además de ob­servarlo con suma atención y mimo, hay que conversar con él, lo cual comporta una auténtica y no fingida disponibilidad… aunque esto implique un recorte de nuestros caprichos, de nuestro merecido descanso, o incluso de nuestro trabajo.
No, sin embargo, salvo en situaciones muy excepcionales, de la atención debida al otro cónyuge… que acabaría por repercutir negativamente en el propio niño
He aquí un buen resumen de lo que deberíamos hacer.
      1. Entablar una auténtica comunicación:
«… está claro que la creciente falta de comunicación en nuestra vida no es buena para nuestros hijos. Se envían montones de correos electrónicos y mensajes cortos de móvil, pero conversar de verdad, escuchar al otro sin estar con la otra oreja atendiendo a la televisión, es algo que por desgracia falta en muchas familias actualmente. Según las estadísticas, los matrimonios alemanes conversan cada día ocho minutos, la mayoría de veces sobre cuestiones organizativas. Más de un 80 por ciento de las mujeres, según las encuestas, se quejan de que su pareja no habla con ellas, que a menudo ni siquiera las escucha. ¿Es también un problema de nuestros hijos? ¿Los escuchamos de verdad cuando nos están diciendo algo? ¿Conversamos de verdad de forma intensa con ellos?
Los niños necesitan auténticas conversaciones, verdadera comuni­cación, no solo trivialidades secundarias. Necesitan unos padres que de verdad se interesen por ellos, por sus necesidades, sus senti­mientos, sus problemas y sus dificultades diarias. Unos padres que sepan ponerse con sensibilidad en el lugar de su retoño y le puedan mostrar verdadera empatía en lugar de recitar fórmulas impersona­les como “Todo se arreglará”.
Animar a los pequeños a que aguanten en situaciones difíciles, con­solarlos comprensivamente cuando están tristes y elogiarlos con sinceridad por sus logros, son cosas que consolidan los lazos fami­liares de cariño. Los niños quieren que se les tome en serio como in­terlocutores, que los mayores los respeten y los reconozcan. Enton­ces crecen por los menos diez centímetros de orgullo y casi estallan de felicidad.»
      2. Desde muy pequeños:
«Hable desde muy pronto con su hijo sobre los sentimientos de ambos. No es algo tan fácil. Los pequeños deben aprender a expre­sar sus sensaciones como ira, celos, dolor, pero también alegría. Ayúdele y no juzgue nunca. Así creará una base de confianza resis­tente.»
      3. En primer término, abrirles nuestra intimidad; a continuación, atender a la suya, sin forzarla ni esperar necesariamente una respuesta (que vendrá cuando tenga que venir):
«Hable de usted mismo, de su trabajo, de sus aficiones, de sus ocupaciones. Esto motiva a que los niños hablen de sí mismos.
Pregúntele a su hijo a menudo su opinión. Deje que proponga so­luciones, sobre todo en los asuntos que le afecten directa o indirec­tamente.
Concédale tiempo a su hijo para estar a solas con él. Quizá quince minutos diarios, mientras el hermano pequeño duerme la siesta. O una vez a la semana una hora, mientras la hermana mayor está en gimnasia. Tal vez de vez en cuando también toda una tarde que mamá o papá se puedan tomar libres. Reflexione sobre cuál es la mejor forma de incluirlo en su agenda. Lo importante es que enton­ces esté realmente a disposición de su hijo y que hagan juntos algo que les guste a los dos. Esto le mostrará sin muchas palabras que es Importante.
Elogie a su hijo con frecuencia por lo que hace. Todos los días consigue muchas cosas y se esfuerza. Reconózcalo y muéstreselo también a su retoño. Si no, ¿cómo va a saber que está usted satisfecho de él? Se suele protestar pronto si algo no sale como nos lo imaginamos. Pero a la inversa solemos aceptar muchas cosas sin ningún comentario, como si fueran lógicas. Un sencillo “Lo has hecho la mar de bien” motiva increíblemente a los chicos.
Dígale a su hijo al menos una vez al día que le quiere. Y hágale sentir con pequeños gestos de cariño que lo dice realmente en serio.»   
Provocar «momentos mágicos»
   En una familia con solo dos hijos se convierte en mágico el tiempo que los progenitores —y, en particular, el padre, normalmente muy atareado fuera del hogar— dediquen en exclusiva a cada uno de ellos.
Explica Samalin:
«A veces, un poco de tiempo a solas con cada hijo pro­duce milagros. Todos los niños desean una atención indi­vidualizada; pero, en el caso de los hermanos, es aún más patente.»
Y prosigue:
«Una técnica que sirve para poner de manifiesto lo "único" que son todos nuestros hijos, y que ayuda a disminuir las demandas constantes entre hermanos, es el "tiempo especial", un tiempo específico para jugar, leer, hablar o pasear los dos juntos, sin ser interrumpidos por ningún otro hijo. Si usted puede disponer de diez minutos al día, como mínimo, o un día sí y otro no, para estar a solas con cada niño, conseguirá que se sientan especiales. Algunos padres llegan incluso a desconectar el teléfono durante esos ratos para asegurarse de no ser interrumpidos. Si consigue que este tiempo especial sea esperado durante el día, los niños tendrán algo con lo que soñar. Cada uno sabrá que llegará el momento en que usted estará a solas con él, y ya no tendrá que competir con los demás para conseguir su atención. Además, cuando dos o más niños intenten que usted les atienda a la vez, siempre puede de­cir: "Ya hablaremos de ello durante el tiempo especial".»
Un día con final feliz
   En esta misma línea, nunca será tiempo perdido que la madre y el padre —¡sobre todo elpadre!— de­diquen de vez en cuando un rato a hablar con el hijo (y, en particular, por las no­ches, una vez acostado).
A menudo, estos momentos favorecen la confidencia.
Por tanto:
      1. Escuchad sus preguntas, aca­so inesperadas, sin nerviosismos o deseos de superar cuanto antes el mal trago (si ese fuera el caso).
      2. In­tentad responder con gracia y pertinencia, aprovechando la ocasión para reforzar el nexo afectivo que lo anime más tarde, cuan­do se presenten dificultades y problemas mayores, a dirigirse a vosotros con con­fianza.
      3. O simplemente cantad juntos, contaos chistes, fomentad la alegría y divertíos «a tope».
Al respecto, sostienen Faber y Mazlish: «Si puede llegar a la mente de su hijo a través de la broma, ¡el mundo es suyo! No hay nada como una pizca de humor para impeler a los hijos a la acción y alegrar el ambiente doméstico. El problema de muchos padres es que su sentido lúdico natural se socava por la irritación diaria que causa convivir con niños.»
Y proponen a los padres esta pregunta, tan sencilla como fundamental: «¿Me dedico a darle órdenes la mayor parte de nuestro tiempo en común? ¿O me reservo algún rato para pasarlo a solas con él, únicamente para “estar los dos juntos”?»
El clima de alegría y buen humor es uno de los factores más determinantes en la educación y en la buena marcha de la familia
La tele y otros «intrusos»…
    Llegados aquí, no debemos olvidar un perso­naje importante de la «familia», de enorme incidencia educativa: la televisión y todos sus «derivados o sucesores», como el ordenador, Internet, las videoconsolas, los móviles «multiusos»…
Per­sonajes que nos invaden, que ejercen una fuer­te sugestión y tienden a aislar al espectador, provocando incluso enfermedades psíquicas ya bien comprobadas y, en cualquier caso, alejándolo de la realidad concreta en que de hecho se mueve.
Multitud de estudios po­nen de manifiesto los daños causados por el excesivo protagonismo de la televisión, en especial entre los niños. Son corrientes las quejas de los padres ante el influjo negativo que estos y otros medios, que las modas y los usos sociales ejercen sobre sus hijos.
Sin embargo, habría que tener en cuenta una «ley» casi física, ya mencionada otras veces:
El ambiente exterior «entrará» en una familia en la proporción exacta en que nosotros dejemos ese hogar vacío; por el contrario, si sabemos llenarlo de vida, resulta prácticamente imposible que en él «se cuele» nada inconveniente, por la sencilla razón de que no quedarán espacio ni tiempo libres…
Que asimismo hay que poner de nuestra parte
   De ahí que los pa­dres, sabiendo aprovechar también cuanto de positivo ofrece la nueva tecnología, deban en primer término colmar el hogar no solo de cariño, sino —como consecuencia— de actividades mucho más provechosas, atrayentes y educativas que las que nos ofrecen de ordinario esos otros medios: excursiones en común, tertulias amenas y formativas, «clubes» de papiroflexia, de juegos de manos, de lectura o teatro, juegos entre los hermanos o con sus amigos… y un largo etcétera, que depende de las habilidades y aficiones y el ingenio de cada cual.
Sin duda, todo lo anterior requiere esfuerzo y dedicación por parte de los padres, mientras que instalar a los chicos delante de la tele o la videoconsola los deja en libertad para dedicarse a sus cosas… o para instalarse también ellos delante de la caja boba o del ordenador.
Por eso, y porque la atracción de tales medios es muy fuerte, los padres —además de dar ejemplo de sobrie­dad en su uso— han de ejercitar una cierta disciplina y vigilancia, evitando sobre todo que los breves momentos de vida familiar de las comidas sean sacrificados al peque­ño-gran ídolo de la televisión, eligiendo los programas más convenientes y estableciendo un horario o alguna otra regla práctica para la utili­zación de la tele y aparatos similares.
Por otro lado, a medida que los hijos crezcan, les ayudará el cultivar su sentido crítico, su sensibilidad ética y su buen gusto, comentando juntos los programas, juzgándolos y se­leccionándolos mediante un intercambio de ideas que, en lugar de sustituirlo, estimule el diálogo familiar.
Una regla sencilla y útil: la televisión no «se apaga» cuando aparezca en la pantalla algo inconveniente, sino que solo «se enciende» cuando sepamos con certeza que ofrece un programa enriquecedor y sin inconvenientes
4. ¡Peligro!: un adolescente

¡Llegó el momento tan temido por los padres!
    El día en que el niño más afectuoso, bueno y simpático se torne arisco, rebelde, inso­lente, contradictorio e insoportable, no hay ni que asustarse ni que preguntarle por qué actúa de ese modo, ni que llevarlo al médi­co.
Simplemente hay que caer en la cuenta de que ha entrado en la pubertad, edad cier­tamente crítica... «¡sobre todo para los pa­dres!»
Lo digo con cierta ironía, pero con total convencimiento. El hecho de que en mi hogar haya habido hasta siete adolescente —¡seis de ellos simultáneos!—, junto con la observación de lo que ocurre en familias amigas, me ha conducido a advertir con claridad que, por decirlo de manera un tanto paradójica:
 La adolescencia está «pensada» principalmente para que los padres maduremos, crezcamos como personas y, en definitiva, avancemos en el camino de la santidad, más fiados en Dios que en nuestras propias fuerzas
Esto resulta particularmente aplicable al supuesto antes mencionado. Sobre todo cuando, en buena parte como fruto de nuestro empeño, los hijos han llevado una vida que nuestros amigos califican como «ejemplar», advertir que al llegar a cierto tramo del camino parece que «se nos van de las manos» y empiezan a adoptar actitudes que no son de nuestro gusto, constituye un medio eficacísimo para «devolvernos a nuestro sitio»: más que nada, para descubrir de veras —y no solo en teoría y de boquilla— que es Dios el auténtico forjador de su carácter y para abandonarnos y abandonarlos en Sus manos, sabiendo que Él los quiere mucho más y mejor que cualquiera de nosotros.
¡Y por los propios hijos!
   Aclarado lo cual, hay que reconocer que la adolescencia acarrea también problemas al chico y a la chica.
Pero tal vez convenga añadir de inmediato que, para ellos, está llena de fascinación, además que de ma­lestar y molestias; de expectativas, ade­más que de inseguridades; de sueños, además que de temores…
El «dramatismo» podemos incrementarlo los padres «no estando a la altura» e interpretando equivocadamente las actitudes del adolescente.
En cualquier caso, pongamos atención para no olvidar que todos los chi­cos y las chicas tie­nen derecho a llegar a ese periodo y «navegar y naufragar» durante un tiempo en él… como asimismo he­mos llegado y hemos salido —¡eso espero!— cada uno de noso­tros.  
Un periodo de crecimiento
   Con imagen sugerente, Rodríguez-Marín describe al adolescente como «… un viajero que ha abandonado una localidad sin haber llegado aún a la próxima [y sin saber exactamente adónde se dirige]. Es una suerte de entreacto entre las libertades del pasado y las responsabilidades y compromisos que han de venir en el futuro.»      
La transformación de esos años es, pues, a la vez fisiológica, psíquica y espiritual
En buena parte a remolque de los profundos e inquietantes cambios físicos y fisiológicos, en esa edad se cae en la cuenta de ser «persona», dotada de vida interior; se descubre y se escruta la propia intimidad con la fascinación y el temor con que se explora un territorio nuevo, que ade­más nos pertenece por completo. De aquí la extrema atención del adolescente hacia su «yo», que puede parecer egoísmo y narci­sismo.
Pero todo esto, con independencia de los inconvenientes que de ordinario lleva aparejados, es fundamentalmente positivo.
Como veremos de inmediato, el chico o la chica está alcanzando por vez primera, en el ámbito ontológico, psicológico y ético —y, en cierto modo, en el biológico—, la estricta condición de persona, aun cuando lo manifieste todavía de un modo muy imperfecto y repleto de zozobras y ambigüedades.
Vale la pena no perder de vista estas claras ganancias, lo mismo que el carácter normalmente pasajero de esta etapa, si queremos eliminar dramatizaciones que solo conseguirían hacer más oscura y dolorosa la senda que nuestros hijos están transitando.
Conviene tener presente que, en ocasiones, «el problema» lo creamos los padres por no saber adaptarnos a los cambios que los adolescentes experimentan
Dejando de ser niños, para comenzar a convertirse en «otra cosa»…
   Por lo común, la adolescencia comienza a los once o doce años para las chicas, uno o dos más tarde para los chicos, y du­ra de dos a cuatro años.
Aunque en la actualidad, y sobre todo en algunos lugares, tiende a adelantar su comienzo… y a retrasar su término, hasta el punto de que se han vuelto comunes expresiones como «eternos adolescentes», padres y madres… o incluso abuelos que no han abandonado esa condición.
De ordinario, según apunté, se trata de una crisis de crecimiento y emancipación. Todo en el adolescente le impulsa a no seguir siendo ese niño que hasta ahora los suyos conocían, pero tampoco desea ser un adulto según los modelos que tiene frente a él: rechaza ser como que­rrían que llegara a ser, y teme transformarse en un ideal que de hecho anhela al tiempo que desconoce.
Por eso intenta, an­tes que nada, «no ser»
De momento desconocida…
   De ahí el espíritu de contradic­ción, que es en el fondo la única posible forma provisional de ser algo completamente nuevo… que no sabe bien qué es.
Por eso el adolescente puede rechazar de los adultos hasta las más mínimas observaciones, con­sejos, peticiones de información sobre sus actividades, juicios sobre su comportamien­to: en todo siente la amenaza de ser definido, y él querría ser indefinible.
Como explica Pithod, en parte con palabras prestadas, esta situación resulta especialmente grave en la actualidad:
«El ser adolescente no lo habilita para una actividad suficientemente bien definida. P. Heintz dice, al comentar esta situación, “que existe un verdadero abismo entre la niñez y la edad adulta, por no ofrecerse ninguna categoría de edad bien definida y socialmente reconocida, orientada hacia la preparación del joven, en forma sistemática, escalonada y diferenciada, para el papel de adulto”.
“Dicha inseguridad se pone de relieve —continúa nuestro autor— cuando se compara al adolescente con las dos categorías de ‘niño’ y de ‘adulto’. Los criterios aplicados por los adultos a los adolescentes no son solamente arbitrarios y escasamente diferenciados con respecto a diversas clases de edad, sino que, también a menudo, representa una mezcla heterogénea de los criterios que se aplican, por un lado, a los niños y por el otro, a los adultos. Por consiguiente, a los jóvenes que tienen la misma edad, se los trata de muy diversas maneras, diferencias que ellos experimentan y resienten como discriminación, sobre todo en las relaciones con sus compañeros. La sociedad global omite, pues, fijar el status de los adolescentes. Por lo tanto, no se pueden considerar como consolidados su status social ni las expectativas de los adultos referidas a su conducta”.
Esta observación de Heintz es válida. Así la situación social del adolescente viene a complicar su situación moral. Y es un desafío que sea en medio de esa crisis cuando el joven concluye la etapa más importante de su formación con vistas a los valores.»
Algo similar, pero desde distinta perspectiva, expone Lyford-Pike en Firmeza y ternura con los hijos, uno de los mejores libros que se han escrito sobre educación:
«Por las características de la sociedad actual, los hijos están expuestos a influencias externas a la familia que les plantean modelos y patrones de conducta ajenos a los que tienen sus padres. Esto hace más dificultosa la tarea educativa de los padres, pero también plantea escollos a los propios hijos para poder crecer. Hoy en día, por ejemplo, es más difícil madurar como adolescente, que hace 20 años.»
El espíritu de contradic­ción es en el fondo la única forma provisional de ser algo completamente nuevo… que no sabe bien qué es
5. La adolescencia, hoy
Más en la civilización presente…
   Todo lo anterior es resumido, con gran acierto, por Rodríguez-Marín.
      1. Señala en primer término, tal vez forzando un poco la cuestión, que la adolescencia es un fenómeno propio y exclusivo de nuestro tiempo:
«De hecho —afirma—, esa etapa ni siquiera se ha considerado en la historia hasta el siglo actual. La adolescencia como un fe­nómeno entre los jóvenes de todas las clases sociales es un pro­ducto de la cultura moderna y de una civilización industrial, que tiene muchas máquinas para producir, de manera que ha hecho innecesaria la labor de los jóvenes. De igual manera, es muy re­ciente el hecho de que la educación se prolongue y se posponga el matrimonio hasta un momento tardío en la vida del individuo. Sólo entonces ha sido cuando ha aparecido esa etapa que llama­mos la adolescencia.»
[Más matizado parece el juicio de Macià:
«El concepto de adolescencia como una etapa en el desarrollo psicológicamente compleja apareció a finales del siglo XIX; sin embargo, ya en Aristóteles encontramos descripciones que calificaban a los jóvenes como apasionados, irascibles, categóricos en sus afirmaciones y propensos a dejarse llevar por sus impulsos. Si cometen una falta, afirma, esta será siempre por exceso, pues lo llevan todo demasiado lejos, sea amor u odio.
Si bien la magnitud de los conflictos de los adolescentes y de estos con los padres ha sido, en general, exagerada, es cierto que este periodo suele ser una etapa de la vida compleja, problemáti­ca y a veces difícil en la lucha del joven por alcanzar la madurez. Esto se debe fundamentalmente a que se trata de una etapa de cam­bios físicos, sexuales y psicológicos, así como a las demandas so­ciales que se le hacen al joven.
En nuestra sociedad, si un joven quiere convertirse realmen­te en adulto no solo necesita madurar físicamente, sino que tam­bién ha de alcanzar una serie de objetivos.»]
      2. Apunta de inmediato las dificultades añadidas con que se encuentran nuestros adolescentes:
«… el chico, o la chica, que entra en la adolescencia con un ajus­te al mundo como niño, no importa cuan perfecta sea su actua­ción social y emocional, encontrará que esa actuación no es váli­da para su vida adulta. Un niño es, normalmente, dependiente de los demás, tiene poco o ningún interés en los miembros del sexo opuesto, espera ser apoyado, emocional y económicamente, por su familia, toma sus juicios a partir de las personas a las que admi­ra y no tiene ningún interés ni capacidad para tratar con princi­pios generales y abstractos. Sin embargo, al final de la adoles­cencia la persona deberá estar dispuesta para dejar su casa, física y emocionalmente, para valerse por sí misma económicamente, para manejar sus propios contactos sociales, para hacer sus pro­pios juicios, y para usar por sí misma principios abstractos. Como es evidente, este tipo de objetivos no son compatibles con el fi­nal real de la adolescencia biológica hoy en día.»
      3. Destaca el que constituye, en mi opinión, «el origen radical del posible drama» o, al menos, de las dificultades añadidas: la casi total ausencia de referentes.
«El adolescente de hoy no puede ni siquiera encontrar cuáles son los repertorios de comportamientos y actitudes normales que se supone que tiene que alcanzar, porque sus mayores a menudo están tan confusos como ellos mismos.
Siempre ha existido la responsabilidad de una generación de pasar la antorcha de la cultura a la siguiente, pero los adultos de hoy tienen una antorcha bastante poco brillante que traspasar a la nueva generación, si es que tienen alguna.»
      4. Concluye, resaltando tres rasgos típicos de la adolescencia contemporánea:
«… la generación actual de adolescentes ha estado sujeta desde su nacimiento a tres influencias importantes, que ha­bían estado ausentes antes.
Primero, han crecido en una atmósfe­ra permisiva, tanto en la casa como en la escuela, por el princi­pio de que se desarrollarían más normalmente si estaban libres de cualquier tipo de represión.
Una segunda influencia proviene de la deificación de una cierta imagen física. Esta actitud ejerce unas sutiles influencias y tiene resultados negativos, pero tam­bién los tiene positivos. En el lado positivo está el deseo de los muchachos y muchachas de emular a sus héroes y mantenerse, ellos mismos, en una buena condición física. Pero también es im­portante anotar, en la parte negativa, que esa admiración por una imagen física puede fácilmente degenerar o en un trastorno de las conductas alimentarias o en otro tipo de conductas, en las que aparezca la brutalidad y se enaltezca la idea del rompimiento de las reglas de un comportamiento correcto.
Un tercer elemento que, indudablemente, influye en la ado­lescencia, es la combinación de televisión, radio, cine, y ahora también, «Internet». En ese contexto, por lo que vemos, la vio­lencia puede aparecer como una solución a todas las dificultades que se presentan.»
      5. Y, a continuación, resume:
«La presente generación de adolescentes ha crecido, pues, con la actitud básica de que cualquier expresión de sus ideas y senti­mientos será tolerada, con una profunda valoración por la imagen física y con ejemplos innumerables de que la violencia tiene éxi­to en muchas situaciones problemáticas. Como resultado, son in­tolerantes ante toda restricción y todo constreñimiento.»
El adolescente de hoy no puede ni siquiera encontrar los repertorios de comportamientos y actitudes normales que se supone que tiene que alcanzar, porque sus mayores están tan confusos como ellos mismos
Y acabar siendo ellos mismos
   Existe, sin embargo, otra razón de fondo, no coyuntural y tremendamente positiva, para ese rechazo indiscriminado y drástico.
          1. Hasta el momento, con los matices pertinentes, el chico o la chica se han guiado por los criterios paterno-maternos o, en todo caso, exteriores a ellos.
          2. Pero una existencia adulta y responsable impone que la escala de valores sea, en el sentido más fuerte de la expresión, propia.
          3. Y el único modo de lograrlo es rechazar por completo todo aquello que se considera ajeno e impuesto («no puede hacerse una tortilla sin romper algunos huevos», dicen en ciertas regiones).
Expresado con un tanto de humor:
«La tarea principal de un adolescente es descubrir quién es, con independencia de sus padres, de nosotros.
Haim Ginott contó la historia de un joven que se esta­ba comprando su primer traje. Dijo al vendedor: “Si le gusta a mi padre, ¿puedo devolverlo?”
Un nuevo carácter, un nuevo aspecto: la madre de Jes­sica, de trece años, trajo a casa dos vestidos para que su hija se los probara, ya que no sabía cuál de los dos sería el más apropiado para la fiesta de final de curso. A Jessica le gustó uno de ellos, y a sus padres, como es lógico, el otro.»
Y con mayor seriedad, con palabras de Fernández Millán y Buela-Casal:
«Las exigencias de independencia, de osadía, de tomar sus propias decisiones, pueden ser un problema en nuestra relación familiar, pero son un principio indispensable para que el menor se convierta en adulto.»
Es decir…
   Por eso, puede afirmarse, con rigor y tintes menos trágicos que los habituales:
      1. «El adolescente normal combina un interés saludable por sí mismo con una aproximación a un objetivo. Es decir, desea saber todo lo que pueda acerca de sus habilidades, de su posición, su personalidad y sus proyectos.»
      2. «En segundo lugar, constantemente cuestiona los valores mediante los cuales ha sido educado y no ne­cesariamente con la idea de abandonarlos, sino más con la de exa­minar su utilidad para sí mismo y su generación. Puede tener en la mente la idea de encontrar algo mejor.»
      3. «En tercer lugar, aunque no se revuelva contra ciertas restric­ciones de sus padres o la sociedad, esgrime un tipo de conducta hostil.»
      4. «Finalmente, el adolescente es de ordinario una persona inse­gura, ansiosa, hipersensible y un poco aprensiva, pero no en la medida que esto le produzca disfunciones importantes. Gran parte de la conducta adolescente es el resultado normal de un crecimiento normal. Tanto padres como maestros necesitan recordar que ellos pasaron a través de ese período y darse cuenta de que necesitan desarrollar una mejor comprensión de esa adolescencia normal.»
Esa inseguridad le lleva a ser muy susceptible… aunque aparente exactamente lo contrario. Por eso debe ponerse sumo cuidado en evitar cualquier asomo de descalificación.
Como explica Nancy Samalin, «… la crítica es contraproducente sobre todo durante las etapas de la preadolescencia y la adolescencia, ya que los muchachos se hallan entonces muy sensibilizados a causa de su aspecto y de los cambios que van apareciendo en su cuerpo. Cuando criticamos su peso, aspecto, longitud del cabello o sus tejanos roídos, estamos reforzando sus sentimientos negativos sobre ellos mismos.
Las críticas procedentes de las personas que amamos van minando nuestra imagen y nos quitan la motivación. Muchos jóvenes creen que es más seguro no intentar algo que seguramente será un fracaso y reaccionan a las críticas mostrándose de acuerdo con ellas.»
El único modo de apropiarse de unos principios y comportamientos es rechazar —al menos, de momento— los que nos vienen de fuera
6. ¿Qué hacer?
De nuevo a los padres…
         1. En primer término, enfocar esta etapa de la manera adecuada: como otra de las grandes aventuras que nos proporciona la existencia.
Sostiene, al respecto, Macià:
«La adolescencia es, sin duda, un período difícil de la vida, tanto para el propio adolescente como para quienes tienen la obligación de “soportar su convulsiva existencia”. Sin embargo, podemos considerarla también, y mejor, como la edad de las posibilidades, como la gran ocasión para construir una personalidad madura, en el sentido emocional, social y ético.»
Y, en otro lugar:
«Probablemente la adolescencia no sea un estadio de desarrollo más importante que cualquier otro, pero es el último antes de pasar a la edad adulta. Por tanto, ofrece a padres y maes­tros la última oportunidad de educar a un niño en sus responsa­bilidades adultas.»
      2. De hecho, aunque sus caracteres sean bastante diversos y aunque la vida humana se encuentre «abierta» hasta el mismo instante de morir, la infancia y la adolescencia constituyen las dos mayores posibilidades de formación para un varón y una mujer. De lo que en ellas se haga dependerá en gran medida el futuro en su integridad.
Muy en concreto, la adolescencia cincela y perfila con enorme vigor la personalidad del ser humano.
«En la adolescencia —dice de nuevo Macià— continúa el aprendizaje y hay un notable avance en el procesamiento de la experiencia emocional; esto mo­dela los aspectos básicos de la personalidad de forma más perma­nente, proyectándose en la edad adulta. Pese a la “lógica” conti­nuidad, el período de la adolescencia permite que se produzcan cambios muy importantes en la conducta.»
      3. Por todo lo insinuado, y con cierta dosis de humor, conviene recordar que ningún hijo… nos nace ya adolescente.
De ordinario, si desde el nacimiento hasta el momento de la crisis la educación del chico ha sido la adecuada, si ha habido diálogo e interésreal por parte de los padres, si se ha huido de la imposición arbitraria y razonado los motivos de cada comportamiento… el joven acabará adoptando como propias —en el más hondo sentido de la expresión— unas directrices similares a las de su familia, aunque mucho más maduras y adaptadas a los nuevos tiempos y circunstancias.
De lo contrario, resulta difícil prever en qué puede desembocar todo el proceso.
Sin excesivos dramatismos 
   De ahí que convenga prestar atención a dos verdades muy serias, pero que expresaré con un toque de humor:
          1. Repito ahora queningún hijo «nace» adolescente; tenemos al menos diez años antes de la etapa temida para ganarnos su amistad y poner las bases de una personalidad sana y coherente.
También aquí son pertinentes los juicios de Samalin:
«Desde el día en que el niño pequeño hace su primera declaración de independencia con un "NO" claro e inten­so, la relación padre-hijo se transforma en una batalla en­tre permitir y no permitir. Cuanto antes dejemos que el niño tome iniciativas propias, más apacible y amorosa será nuestra relación con él. Y, lo que es aún más importante, (ellos y nosotros) estaremos todos más preparados para la época de la adolescencia, cuando el proceso de separación se vuelve necesario, inevitable y, con frecuencia, es fuente de muchos conflictos. Conviene que los padres comien­cen mucho antes a ser flexibles en cosas pequeñas, pero significativas.»
          2. En los tiempos que corren, ningún padre debería preocuparse gravemente por un hijo hasta que, pasada la barrera de los cuarenta, aún no hubiera sentado cabeza.
Sin sombra de ironía, sino con tono adusto y un tanto de crudeza no del todo indebidos, se expresa Mercedes Ruiz Paz:
«El mundo del consumo ha puesto su grano de arena en la fabricación de la ambición lúdica no solo a través de la amplia oferta de productos para ser utilizados en el tiempo dedicado al ocio, sino a través de los mensajes destinados a la población, que suelen estar en la línea de animar a las personas a tomarse la vida como un juego, a procurarse diversión constante, a hipotecarse con tal de conseguir una vida fácil y cómoda, y a vender el alma al diablo con el fin de vivir una eterna juventud.
Pero esa juventud a la que hace aspirar no se consigue solo con una leche de pepinos para tener un buen cutis o con una raqueta de tenis para mantenerse en forma.
En el siguiente nivel, podemos encontrar que se proponen determinados valores y modos de conducirse como propios de los jóvenes para ser adoptados por la población en general.
El resultado es una sociedad infantilizada o adolescente formada por personas poco reflexivas, impulsivas, ajenas a las consecuencias de sus actos, poco comprometidas, autocomplacientes, irresponsables, despreocupadas, egocéntricas, cómodas, veleidosas y juguetonas».
¿Contradictorios e incomprensibles?
   Dando un buen salto atrás, la edad fronteriza de la adolescencia suele ir acompañada de un humor inestable y de irritabilidad. Casi ningún adolescente se encuentra a gusto, antes que nada, con la persona que le resulta más cercana e inevitable: él mismo.
Por otro lado, las manifestaciones externas de cariño por parte de los mayores parecen molestarle, al sentirse tratado como un crío. Pero, al mismo tiempo, es muy susceptible respecto a cualquier falta de atención o mues­tra de indiferencia: casi sin advertirlo, proyecta sobre la actitud de los adultos el concepto empobrecido y ambiguo que tiene de sí.
Por tal razón, «… elogiar a los hijos delante de los adultos es algo que da mejores resultados con niños pequeños. A los preadolescentes y los adolescentes no les gusta que ha­blemos de ellos delante de otras personas; sólo hace que se sientan aún más tímidos y pendientes de sí mismos.»  
En su pretensión de ser esa persona mayor que aún ignora, se de­fiende de la propia sensibilidad y de la ne­cesidad de ternura, y ostenta en su lugar dureza e incluso cinismo.
Ya no es la etapa de las grandes amista­des, sino del grupo: parece que solo en él, entre sus semejantes, que interpre­tan el mismo papel con táci­ta complicidad —y con la misma ropa, los mismos gestos, el mismo semi-semi-semi-vocabulario…—, se siente seguro.
¿ENTONCES?
Una vez que se toma conciencia de todo esto, ¿cómo comportarse con un adolescente para poder vivir juntos (no solo «a su lado») y ayudarle?
Crecer nosotros mismos
   Ante todo con mucha más madurez que él. Como aplicación muy concreta de lo que antes sostenía —que la adolescencia está pensada más que nada para los padres—, cuando el muchacho o la muchacha cambia… nosotros no podemos quedarnos atrás: de­bemos renovarnos con ellos, pegar un auténtico estirón, dar un salto de calidad.
Si el chico ya no quiere salir con nosotros, si comienza a mostrarse cerrado y molesto, es preciso que nuestra presencia se haga más discre­ta y, sobre todo, evitar cualquier reproche por no ser ya cariñoso o simpático… «¡como cuando eras más pequeño!»
Habrá que estar aten­tos y tener detalles con él, pero sin hacerlos pesar ni darle nunca la impresión de que se le vigila o se es­tá mendigando su cariño.
Es normal que no venga a mostrarnos su intimidad. De nada sirve decirle que se abra, que la madre o el padre son sus mejores amigos. Habrá que buscar las ocasiones de diálogo y de confidencia —de ordinario muy breves, circunstanciales y esporádicas—, pero sin forzarlas jamás.
Y ayudarles a crecer
El justo deseo de autonomía que se desarrolla en el adolescente debe ser bien apre­ciado y favorecido, sin dema­siado miedo, aunque también sin confundir la autonomía con la independencia o ausencia total de lazos.
Para él es importante sentir que goza de nuestra confianza, que se le esti­ma.
Por otro lado, los padres no hemos de pre­suponer en su comportamiento una inten­ción malévola que en realidad no existe —aunque todo parezca indicarlo—, sino que es más bien fruto del mismo desconcierto del chico: basta considerar que los múltiples cambios que experimenta —incluso limitándonos al ámbito físico— le impulsan a ponerse a prueba y desafiar cuanto se ponga a su alcance.
Con todo, es imprescindible tener presente que el chico o la chica en esta etapa sigue dependiendo en buena medida de nosotros, y somos nosotros los que podemos o no permitirle desarrollarse con armonía:
Como explica Jacques Salomé, «… en la adolescencia, son muchos los que intentan liberarse de responder a las expectativas de su entorno haciendo lo contrario de lo que se espera de ellos. Se trata de un intento de liberación que sigue estando condicionado por la posición del otro. Se trata de liberarse del propio deseo de agradar.»
Narra a continuación la siguiente anécdota:
«Una adolescente era incapaz de aprobar el examen de ingreso en una gran Universidad, porque ello significaría tener que dejar su ciudad y alejarse de su madre. Suspendiendo, era fiel al deseo de su madre de mantenerla a su lado.»
Y concluye con una consideración en extremo pertinente:
«Muchos padres ignoran que sólo ellos pueden “autorizar” a sus hijos adolescentes a vivir lejos de ellos o de manera diferente de como ellos viven.»
De ordinario, no conviene suprimir las cau­sas de su inseguridad o de sus preocupa­ciones, resolviéndole nosotros sus proble­mas. Con frecuencia, una ayuda no necesaria sig­nifica de hecho una limitación y una humilla­ción para quien la recibe. El resultado sería un aumento de su ambivalente y nunca voluntariamente manifestada sensación de insuficiencia, que le impediría aprender por medio de su experiencia personal. Por eso, cuando se estime oportuno proporcionarle un apoyo complementario, es preferible que él busque junto con nosotros la solución y se sienta responsable de lo decidido.
Si se obra de esta forma, la adolescencia, en la que no cabe evitar sobresaltos y turbulencias, po­dría muy bien transcurrir sin esos «visos dra­máticos» que a menudo la acompañan… y culminar con una maduración nada trau­mática y bastante definitiva del chico o de la chica.
El adolescente necesita sentir que lo estimamos… sin que nosotros se lo mostremos abiertamente

Málaga, 28 de agosto de 2007

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
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