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Sugerencias más específicas para no educar tan mal (I)

En los primeros artículos de esta serie propuse una serie de principios para iluminar, desde el fondo, la labor formadora de los padres. Los siguientes mostraban algunas actitudes particulares que deben adoptarse en distin­tos casos, a tenor de la edad de los chicos: desde el momento del naci­miento, e incluso antes, hasta que entran en la adolescencia. Ahora pretendo ofrecer un conjunto de sugerencias más determinadas, que pueden muy bien resumir y ejemplificar lo ya expues­to.
(No desciendo todavía a actuaciones excesivamente concretas. Esta es una tarea que reservo para otro escrito. Espero que, entonces, esos modos de obrar resulten justificados no solo por el éxito de tantas personas que los han puesto por obra —y cuyos testimonios han recogido los especialistas, a veces en libros de alto valor, y procuraré aducir—, sino por una mayor comprensión de de la naturaleza de la educación, tal como será analizada también en un ensayo posterior).
Vamos, pues, con los «principios intermedios».

Flexibilidad
   Como no son «recetas» —pues no las hay en educación—, resultaría inútil pretender «apli­carlas tal cual, mecánicamente». De ordinario, deben ser adaptadas a la situación de que se trate; en ciertas ocasiones, atendiendo a unas circunstancias particulares, incluso será preferible ponerlas en sordina; y algu­na vez, muy pocas, atreverse a contrade­cirlas.
Lo ha de dictar, en cada caso, la pru­dencia de los padres, quizás a la luz de los fundamentos esbozados en los capítulos que preceden.
Las propuestas se articulan, principalmente, en torno a lo que es oportuno hacer con vistas a la educación de nuestros hijos, y, de manera secundaria, en relación con lo que es preferible evitar y con lo que conviene no decir, más que por la expresión en sí misma, por la actitud que manifiesta en los padres y los hijos perciben desde muy pequeños, y por el daño que a estos pudiera causarle.

1. Ir por delante

En primera persona
      1. Vivir personalmente, con coherencia, cuanto se exige a los hijos, recordando que el ejemplo es el mejor predicador. O, al menos, luchar clara y visiblemente por actuar de tal forma.
Solo a modo de sugerencias. Conviene adelantarse:
       1.1. En la modera­ción del uso de la TV y demás avances tecnológicos de este tipo.
        1.2. En no hablar nunca mal del prójimo y saber cortar cualquier conversación que tome ese rumbo.
        1.3. En la sinceridad, sin nunca pedirles —por ejemplo— que digan que no estamos en casa cuando simplemente no tenemos ganas de ponernos al teléfono.
        1.4. En el orden, sin sentirnos liberados —por nuestra edad y condición de padres— de arreglar nuestros enseres y contribuir a la armonía del hogar.
        1.5. En la puntualidad, acudiendo de inmediato, entre otras circunstancias, cuando se nos avisa que el almuerzo o la cena están a punto.
        1.6. En la sobriedad (o templanza): hemos de tener y utilizar los instrumentos necesarios en virtud de nuestra profesión y nivel social, sin excesos incontrolados, sin quejarnos cuando nos falte alguno de ellos… y sabiendo prescindir de vez en cuando, voluntariamente, de lo que disponemos y nos gustaría disfrutar.
        1.7. En el modo alegre y sonriente de afrontar las dificultades, siempre aderezadas con el sabroso condimento del buen humor.
        1.8. En la forma de valorar y exponer el sentido del trabajo, sabiendo destacar cuanto en él hay de positivo y silenciando, si fuere necesario, las dificultades, las «zancadillas», el mal talante de nuestro jefe o de nuestros compañeros…
Respeto y reverencia mutuos
      2. En semejante sentido, lo primariamente primario es aceptar, reverenciar y amar la persona del otro cónyuge, también como modelo de la actitud que los hijos deben siempre adoptar ante cualquier persona.
Y, como consecuencia —según sugerí—, poner de relieve cuanto realce el prestigio del marido o de la mujer, ayudar a los hijos a descubrir sus virtudes y evitar llevarle la contraria o reprocharle algo en presencia de los niños.
Por lo mismo, si os han visto pelearos, que os vean también reconciliaros.
Y, cuando las hijas adquieran la edad conveniente, que el padre les muestre la grandeza de la madre «como mujer y esposa», igual que la madre a los hijos varones en relación a su marido «como esposo y como varón».
Muy en particular, el criterio de la conformidad entre los padres se aplica al «ideario educativo» de la familia.
       2.1. Aunque es posible que no exista un acuerdo total entre los padres ni siquiera en los principios más de fondo; y muy probable que esa falta de armonía resulte mucho más frecuente a la hora de establecer o sugerir un comportamiento concreto…, es preferible asentir sin pestañear a lo indicado por el esposo o la esposa que descalificarlo o simplemente contradecirlo en presencia de los hijos.
            2.2. Por una parte, porque —vistas con cierta perspectiva— ninguna decisión resulta tan trascendente como en un momento dado pudiéramos suponer; después, y sobre todo, porque para los hijos es mucho más formativa la armonía que aprecian entre sus padres que el posible éxito de una acción… cuando deriva de la ruptura manifiesta de esa unidad. 

La principal muestra de coherencia de una persona consiste en venerar y amar a cualquier otra persona

Veneración a y de los hijos
      3. Derivadamente, han de exigirse y exigir a sus hijos —sobre la base de su propia actitud— el respeto más exquisito hacia cualquier persona, comenzando por todos y cada uno de los miembros de la familia.
Con relación a los hijos, afirma Robinson:
«No olvidéis nunca que también los niños, por pequeños que sean, tienen su dignidad, son personas humanas. El sentimiento del propio honor es tan importante en el ser humano que toda herida infligida al mismo puede decirse que es una herida grave. Jamás hay razón suficiente para herir el honor humano. Los castigos jamás deben incluir  humillaciones.»
También Murphy-Witt resulta sugerente:
«Como padre, tiene usted el derecho a ser tratado con respeto por sus hijos. A los niños que van dando órdenes a su madre como a una criada debería mandárseles lo antes posible no salirse de las pautas de conducta establecidas. ¡Se lo debe al respeto por sí mismo! Pero a la inversa, los niños también tienen el derecho a que los padres los traten con respeto.
Por este motivo, las ofensas, los gri­tos o el famoso azote en el trasero deberían ser absolutamente tabú. Los límites claros hacen innecesarios tales deslices. Impiden que los niños hieran los sentimientos de los demás o le tomen a usted por el pito del sereno. Se encargan de que la dignidad de otras personas —también la de los padres— sea de verdad intocable y de que los pequeños y los grandes se traten con respeto entre sí.
Los niños que aprenden en casa a acercarse a los demás con respeto y considera­ción, seguro que no se convertirán en matones en el patio del cole­gio y no se quedarán obstinados en su asiento cuando suba un se­ñor con bastón al autobús. Pero también aprenden a marcar claramente sus propios límites frente a los demás, a decir no cuan­do no quieren algo para sí.
Las pautas de conducta claras ofrecen apoyo a los ni­ños para que los demás no hagan cualquier cosa con ellos, para que no se conviertan en acólitos sin voluntad y para que se defiendan, ya sea ante compañeros de clase que los quieran tiranizar o vecinos ofensivos. De este modo, tales pautas ayudan a los niños a conservar también su propia dignidad.»

Los niños que aprenden en casa a acercarse a los demás con respeto y consideración, seguro que no se convertirán en matones en el patio del colegio ni se quedarán obstinados en su asiento cuando suba un señor con bastón al autobús

2. Aceptar a cada hijo como es

Incondicionalmente
   1. Aceptar incondicionadamente a cada uno de nuestros hijos, con el modo peculiar de ser que Dios le ha otorgado —incluyendo sus cualidades y sus puntos débiles—, sin que esto lleve consigo la renuncia a ayudarles a que crezcan y maduren.
Al respecto, me gusta recordar las siguientes palabras de Victor Hugo: «Amigos míos, no olvidéis esto: no existen malas hierbas ni hombres malos; únicamente hay malos cultivadores.»
Y estas otras, menos literarias pero igualmente reales, de los Robinson: «Los educadores saben muy bien que no se trata de niños buenos y de niños malos. Que se trata, más bien, de buenos y malos padres. Les basta observar a un niño, para poder leer en él como en un libro abierto, cómo es su hogar.»
Obrar de otro modo puede traer consigo funestas consecuencias:
«Tenéis que aceptarlos a todos como son; sobre todo a los más difíciles.
Un hijo que no recibe el suficiente amor y aprecio de sus padres, empezará a fallar en cualquier cosa: estudios, diligencia, abulia, incluso delincuencia.
¡Cuántas veces, en el fondo de tantas inadaptaciones, deficiencias y malos comportamientos está la falta del suficiente amor y aprecio paternos!
Y se puede desencadenar la terrible espiral creciente del desastre: le queréis y apreciáis menos porque falla en lo que sea; y falla, porque no se siente querido y apreciado suficientemente de vosotros.
Alguien tiene que cortar esta escalada fatal; y ese alguien tenéis que ser vosotros, con vuestro amor y apre­cio.» (Robinson, Charles y Laura)
Aceptar sus sentimientos, pero no siempre su conducta
   2. Reconocerles, por tanto, su derecho elemental —¡su deber!— a ser como son y, muy en particular, a sentir lo que sienten… sin que tampoco esto suponga —para ellos— eludir la responsabilidad de luchar día a día por mejorar.
Explica Samalin:
«Los niños no pueden hacer nada por cambiar sus senti­mientos. Cuando un niño está enfadado, triste, celoso o tiene miedo, muchos padres bienintencionados intentan minimizar y negar estos sentimientos, pero eso resulta contraproducente ya que el pequeño se siente incompren­dido. Cuando un niño está alterado o se queja de algo, es preciso que los padres reconozcan y valoren sus senti­mientos.»
Y agrega:
«Esta capacidad no se adquiere de la noche a la mañana, y, a muchos de nosotros, no nos viene de una forma natural pues deseamos ver contentos a nuestros hi­jos, no tristes, enfadados o temerosos.»
          2.1. Reviste particular importancia acoger con franqueza y comprensión a nuestros hijos cada vez que manifiestan —de manera directa o indirecta— su estado de ánimo, sobre todo cuando este sea negativo: tristeza, ira, enfado, rabia, nostalgia, envidia…
Según reafirman Faber y Mazlish, «… son los sentimientos negativos los que exigen toda nuestra habilidad. Aquí es donde debemos superar la vieja tentación de desatender, negar, moralizar, etc.»
          2.2. Pero igualmente relevante resulta evitar que tales emociones se traduzcan en conductas inaceptables.
Tras largos años de experimentación, Faber y Mazlish, a las que citaré abundantemente en los próximos párrafos, lo ejemplifican de la siguiente manera:
«Todos los sentimientos pueden aceptarse.
Ciertas acciones deben ser limitadas.
“Entiendo que te hayas enfadado con tu hermano.
Ahora dile lo que quieres con la lengua, no con los puños”.»
Y añaden:
«… lo que las personas de todas las edades pueden aprovechar en un momento de apuro no es el acuerdo o el desacuerdo; lo que necesitan de verdad es que alguien sea consciente de lo que están experimentando.»
   3. En concreto, resulta tremendamente eficaz «conceder» a cada uno de nuestros hijos y en cada instante el sentimiento que nos intentan comunicar, sin descalificarlos por ello ni intentar restar importancia a lo que están experimentando.
Tengamos en cuenta, en primer lugar, que un sentimiento resulta, por definición o naturaleza, algo subjetivo; es decir, algo que el sujeto siente… tenga o no motivo para ello, o, mejor, nos parezca o nos deje de parecer que existe una causa para que «se sienta como se está sintiendo».
Podrá ser irracional —o darnos esa impresión—, pero si una persona, de poca o mucha edad, está sintiendo algo, parece obvio… que lo está sintiendo.
No existe ninguna razón para negarlo ni rechazarlo, aunque nos sintamos inclinados a hacerlo.
Además, los efectos de ese repudio son más bien negativos:
«Es del todo natural que intentemos eliminar la preocu­pación y el malestar de nuestros hijos; pero, en ocasiones, solo conseguimos disgustarlos más, ya que nuestras res­puestas les convencen de que no han sido escuchados con atención. Si negamos sus sentimientos, ellos creen que no nos preocupamos de lo que piensan, y entonces trasladan su frustración, enfado o desencanto sobre nosotros mis­mos.»
Para educar su afectividad…
   4. Curiosamente, y en contra de lo que solemos pensar, reconocer y aceptar los sentimientos de nuestros hijos es uno de los modos más eficaces de ayudarles a superarlos (cuando conviene que los superen).
«Los padres no suelen adoptar este tipo de actitud porque temen que, al dar expresión al sentimiento, no harán más que empeorarlo. Lo que ocurre es justamente lo contrario. Cuando escucha las palabras que definen lo que está experimentado, el niño recibe un hondo consuelo. Alguien ha reconocido su vivencia interior.»
«Algunos padres comentaron su asombro ante el efecto apaciguador que habían producido sus frases de “aceptación”. Los consabidos “¡Cálmate!” o “¡Basta ya!” solo servían para agitar más aún al niño. Pero unas palabras de reconocimiento parecían serenar los ánimos más exaltados y cambia­ban el talante de un modo espectacular.»
   5. Por el contrario, en la medida en que minimicemos el alcance de lo que experimentan, más difícil les resultará salir de ese estado… y más lejanos se sentirán de nosotros.
«Cuanto más se esfuerza uno en mitigar la congoja de un niño, más se aferra este a ella. En cambio, cuanto más laxamente aceptamos su pena, más fácil le resulta desecharla. Podría decirse que si queremos tener una familia feliz, habremos de prepararnos para permitir la exteriori­zación de un sinfín de desdichas.»
Y añaden: «… cuando se niegan los sentimientos […] aumenta paulatinamente la hostilidad entre padres e hijos.»
   6. En esta misma línea, es sumamente efectivo —y del todo imprescindible— ayudar a nuestros hijos a reconocer lo que les está pasando.
Existen distintos modos de conseguirlo, pero, sobre todo para los más pequeños, «… la actividad más cómoda desde el punto de vista de los padres, y que resulta más satisfactoria para la creatividad del niño, es que dibuje sus sentimientos.»
Además, el simple hecho de garabatear en un papel su enojo o su ira, junto con la apreciación de que les estamos haciendo caso, contribuye eficazmente a desviar la atención de esos sentimientos y a apaciguarlos.
   7. También cabe contribuir a su autoconocimiento dando el nombre adecuado al sentimiento que los embarga.
Lo explica Samalin:
«Otra buena posibilidad es poner nombre a las emocio­nes que el niño siente. Cuando su hijo le explicó que sus compañeros de clase se habían burlado de él por las gafas nuevas, Bárbara dijo: "Seguramente te habrás sentido en ridículo. Cuando su hija se quejó de que un amigo "había invitado a todos menos a mí" a una fiesta, Bárbara repli­có: "Seguro que te habrás sentido enfadada y dolida por haber sido excluida". El poner nombre a las emociones de los niños esclarece sus emociones, se sienten comprendidos y saben que la rabia y el ridículo son algo normal y acep­table.»
De todos modos, no es cosa fácil:
«Se requiere práctica y concentración no ya para captar simplemente lo que el pequeño dice, sino para ir más allá e identificar lo que está sintien­do en este momento. Sin embargo, es esencial que proporcionemos a nuestros hijos un léxico que exprese su realidad interior. Una vez sepan manejar los términos propios de su experiencia, empezarán a ayudarse a sí mismos.»
   8. Pero todavía resulta más formativo atenderles de tal modo que sean ellos mismos quienes descubran lo que les sucede.
Comentan una vez más nuestras autoras:
«El padre estaba perplejo. No había hecho una sola pregunta, y sin embar­go el chico le había contado toda la historia. No había emitido un consejo, y el otro había dado con una solución. Le parecía increíble haberle sido tan útil a su hijo por el mero hecho de escuchar y respaldar sus sentimientos.»
   9. Para conseguirlo, en muchas ocasiones basta con escucharlos con atención y, en todo caso, asentir con palabras o gestos a lo que nos está comunicando.
«Es mucho más fácil contar las cuitas a un padre que está escuchando con interés. Ni siquiera tiene que decir nada. A menudo un silencio solidario es lo único que el niño necesita.»
«Se puede obtener una gran ayuda de un simple "¡Vaya!" o "Ajá". Las expresiones como estas, unidas a una actitud propicia, son invitaciones al niño para que explore sus propias ideas y sensaciones, posiblemente para que halle una solución.»
   10. Por encima de todo ello —y volviendo en cierto modo al principio por excelencia—, lo radicalmente decisivo es la sinceridad con que acogemos a nuestros hijos y a lo que nos cuentan, más allá de cualquier estrategia o táctica.
«No obstante, mucho más importante que las palabras que podamos expresar es la actitud que adoptemos. Si nuestra actitud no es compasiva, cualquier cosa que digamos será recibida y captada por el niño como una falsedad o una manipulación.»
«Solo cuando la voz se impregna de un verdadero sentimiento de solidaridad habla directamente al corazón del pequeño»
¿Un cambio de actitud?
   11. En semejante sentido, si fuera necesario, habrá que modificar radicalmente la «actitud» de fondo hasta ahora adoptada con nuestros hijos: no son un problema ni un enemigo, sino colaboradores en nuestro crecimiento como padres y personas y en el suyo propio… como personas y como hijos.
Según explican Faber y Mazlish, el aprendizaje de ciertas estrategias para mejorar las relaciones mutuas es relativamente simple. Por el contrario, «… lo que más cuesta es el cambio de actitud que tiene que obrarse en nuestro interior» (y sin el que cualquier técnica acabaría por demostrarse inútil).
Y prosiguen:
«Debemos dejar de pensar en el niño como un “problema” que hay que corregir. Debemos descartar la idea de que porque somos adultos cono­cemos siempre la respuesta justa y acertada. Debemos olvidar esa obse­sión de que si no somos lo “bastante duros”, nuestro hijo se aprovechará de nosotros.
Se requiere un gran acto de fe para creer que si nos tomamos el tiempo de sentarnos y compartir nuestros sentimientos sinceros con una perso­na joven, a la par que escuchamos los suyos, juntos hallaremos solucio­nes que puedan beneficiarnos a los dos.
Hay un mensaje capital inherente a este enfoque. Dice así:
“Cuando surge un conflicto con nuestro hijo, ya no tenemos que mo­vilizar nuestras fuerzas uno contra otro ni preocuparnos pensando quién se alzará victorioso y quién capitulará en la derrota. Por el contrario, podemos invertir nuestra energía en buscar la clase de soluciones que respeten las necesidades de ambos como individuos”.
Enseñemos a nuestros hijos que no necesitan ser nuestras víctimas ni nuestros enemigos. Démosles las herramientas que les permitirán ser partícipes verdaderamente activos en la resolución de los problemas que les asedian… ahora, estando en casa, y en el mundo difícil y complejo que les aguarda en el futuro.»
Nuestros hijos no son un problema ni un enemigo, sino colaboradores en nuestro crecimiento como padres y personas, y en el suyo propio… como personas y como hijos
3. Dejarlos ser… niños
Ese cambio de actitud podría expresarse en una frase de solo dos palabras: «dejar ser». Y, más en concreto, en permitir al niño que sea y se comporte como un niño.
Para lo cual habría que preguntarse previamente: ¿cuáles son los caracteres que especifican al niño como tal, diferenciándolo del adolescente, el joven, el adulto…? La cuestión reviste tanta importancia, que dedicaré a ella todo un escrito, cuyo probable título será: Antropología de la infancia.
De momento, me limito a sugerir —siguiendo también ahora anotaciones de Menchén— algunos de esos rasgos, así como el mejor modo de descubrirlos, respetarlos y fomentarlos.
Sin influjos contraculturales
   Y agrego una observación: al margen de ingenuidades que no son del caso, parece indudable que, con bastante frecuencia, el niño encarna mejor que los adultos algunos de los atributos básicos correspondientes al ser humano.
No que todo niño sea naturalmente bueno y la sociedad se encargue de destruirlo, como querían Rousseau y sus partidarios: el pecado original afecta también las primeras etapas del desarrollo del ser humano (como ya dejó claro Agustín de Hipona) y la relación con los demás resulta imprescindible para el pleno cumplimiento de cualquier persona.
Pero cuando la civilización ha generado unas estructuras en buena medida contrarias a un desarrollo adecuado de la humanidad de la que cada uno somos portadores, no es extraño que en el niño se encuentren «todavía sin contaminar» algunos caracteres que corresponden a la persona humana por el hecho de serlo.
Es decir, por el hecho de ser persona… y persona creada, limitada, finita
Sobre la infancia
   Repito que no quiero detenerme en este extremo, pues equivaldría a hipotecar un conocimiento posterior más amplio.
Expongo, por tanto, ciertas características especialmente relevantes.
      1. El tiempo infantil. Tal vez el elemento que más haya que tener en cuenta en nuestra sociedad desaforadamente acelerada es la tan distinta percepción del tiempo que tienen los niños y la mayoría de nosotros.
Propongo, para comenzar, este excelente resumen, tocado con la más límpida poesía:
«… los niños parecen más ciudadanos del cielo que de la tierra; eso se nota, por ejemplo, en su sentido del tiempo. Viven en una cierta “atemporalidad” que, de algún modo, nos recuerda la eternidad. A los adultos, el paso del tiempo nos preocupa enormemente. Vivimos ajustando cuentas con el tiempo con la pretensión de ganarle la partida, que irremediablemente perdemos. Cuando queremos detener algo, que aquello no se acabe, que perdure, ya ha pasado. Por eso cuenta mucho para nosotros el pasado y el futuro. A nosotros nos preocupa el tiempo que pasa; a los niños, lo que pasa en el tiempo. Viven, sin esfuerzo, en el presente, despreocupados de lo que fue y de lo que será.» (B. Menchén)
             1.1. Un tiempo reposado, por tanto.
Una vez más, Murphy-Witt lo expresa con gracia y nitidez:
«Los niños y los relojes simplemente no congenian.
Mientras que los últimos avanzan despiadadamente siempre al mismo ritmo, los pe­queñuelos prefieren detenerse de vez en cuando para disfrutar de lo que les ofrece el instante. De este modo olvidan pronto todo lo que tienen a su alrededor sin la más mínima sensación del ritmo del tiempo.
Para nosotros, los adultos, ¡resulta con frecuencia una catás­trofe! Con una agenda rebosante, una planificación ajustada y listas interminables de cosas por hacer no queda ni un segundo para des­pistarse. La prisa, el ajetreo, la urgencia y el estrés pertenecen al es­píritu de nuestra hiperactiva y acelerada sociedad. Saltamos de un acto al siguiente. ¡Sobre todo no nos podemos perder nada! Así, es­tamos apurando también siempre a nuestros hijos: “¡Quieres darte prisa de una vez! ¡Rapidito que llegamos tarde!” Y después nos sor­prendemos cuando nuestros hijos, en consecuencia, son ruidosos, están desasosegados, intranquilos e insatisfechos...»
             1.2. A veces en suspenso.
Y continúa: «Los niños simplemente necesitan tiempo. Tiempo para jugar y co­rretear, para soñar, demorarse, quedarse mirando el aire. Un tiempo que no esté planificado desde la mañana hasta la noche. Un tiem­po que puedan utilizar como prefieran, sin ser molestados, solos o con otros niños y de vez en cuando también sin tareas valiosas pe­dagógicamente.»
«Observe a su retoño alguna vez cuando esté sobre la alfombra concentrado en sus juegos. ¡La expresión de su cara se­guro que lo dice todo! Poder vivir en el aquí y ahora, sin tener que ser apremiados continuamente por los padres en busca del tiempo per­dido, es algo que fomenta la creatividad, el pensamiento estratégi­co y la fantasía. Y esto hace felices a los niños.»
             1.3. Y, derivadamente, fuente de problemas… para los adultos.
Como es lógico, esta disparidad tan central puede dar origen a multitud de equívocos y problemas, algunos de más calado y otros relativamente simpáticos, como el que nos cuenta Samalin:
«El tiempo y las prisas son fuente de muchas batallas diarias. No solemos darnos cuenta de lo abstracto que es el tiempo para un niño. Cuando la madre metió prisas a su hijo Johnny por tercera vez, este le contestó: “Mamá, no sé cuánto duran 10 minutos”. Los cronómetros, des­pertadores o relojes de arena son un buen sistema para que el niño adquiera el concepto de tiempo. Cuando ella puso un reloj digital en la habitación de Johnny, éste ex­clamó: “¡Ahora ya sé cómo son 10 minutos!”»
      2. El espacio infantil. De manera muy semejante, los niños necesitan espacios amplios y naturales… como también los precisamos los adultos, aunque nos hayamos mal-acostumbrado a vivir sin ellos.
La intimidad, caracterizadora de la persona
      3. Soledad acompañada e intimidad. Reitero la idea que guía estos apuntes. La civilización contemporánea dificulta el despliegue adecuado de bastantes de los atributos personales de quienes en ella vivimos. Entre otros, la necesidad de estar a solas con nuestra propia intimidad… precisamente para enriquecerla.
Los adultos podemos, aunque no sin perjuicio propio y de quienes nos tratan, acostumbrarnos a ese constante desencuentro con nosotros mismos. Pero no les ocurre así a los pequeños. Ellos tienen necesidad absoluta de reposar en su propio interior y de hacerlo crecer. Y lo manifiestan de mil modos.
«A veces, los niños desean que los dejemos en paz y es­tar a solas con sus sentimientos; quieren ocuparse no solo de temas serios, como el divorcio, sino de otros asuntos menos importantes. Y tienen todo el derecho del mundo a esa intimidad.»
Pero en los niños se da también esa deliciosa sensación tan propia de los auténticos enamorados. Estar a solas consigo, pero sabiéndose acompañados en silencio por la persona a la que más quieren. Sin ir más lejos, hace un par de días me comentaba mi mujer, presos los dos de ese ansia de la mejor soledad en compañía: «¿no sería posible leer lo mismo —con toda la hondura que ese «lo mismo» expresa: idéntico ritmo, idéntica comprensión, idénticos armónicos…—, sentados uno junto al otro?»
La pena es que, de nuevo por falta de tacto o por una excesiva preocupación por los hijos que nos han sido encomendados, los adultos impedimos a los niños el despliegue interior que necesitan.
En estos párrafos, Salomé alude a este problema entre la madre y su hijo.
Primero, la gran oportunidad:
«Sin embargo, es junto a su madre donde el niño pequeño debería poder construir su capacidad de estar solo en presencia del otro. Seguro de la accesibilidad de la madre, el niño puede estar, soñar o jugar solo. Experimenta la existencia de un espa­cio en el que, paradójicamente, puede olvidar al otro porque sabe que está ahí. Un espacio en el que puede separarse del otro por­que sabe que no habrá de perderlo.»
A continuación, la triste pérdida:
«Muchas madres invaden ese frágil espacio y dificultan el aprendizaje básico de la soledad. Intervienen, comentan el juego, hacen preguntas, manifiestan su interés y, con toda su buena intención, destruyen ese instante incierto en el que el niño, ajeno a su madre, se halla en el filo de la navaja entre la soledad-abandono y la relación-dependencia, explorando su capacidad de existir por sí mismo, no mermado por la existencia del otro, que, sin embargo, le sigue siendo esencial.»
Contemplativos por naturaleza
      4. Afán de saber… Aristóteles comienza su metafísica afirmando que todos los hombres desean naturalmente saber. No obstante, nuestra civilización aprecia bastante poco el conocimiento en cuanto tal, subordinándolo de ordinario a fines pragmáticos.
Hace años, cuando mis hijos eran todavía pequeños, repetía con dolor la triste experiencia de que, durante sus cuatro o cinco primeros años, no cesaban de interrogarme —a veces, hasta la extenuación— sobre el porqué de las cosas. Hacia los ocho o nueve, ese interrogante tan humano se transforma en el penoso «para qué sirve» pragmático, que en muchas ocasiones equivale a «cuántos beneficios me reportará ya o en el futuro».
Volviendo de nuevo a Aristóteles, cabría sugerir que los niños son, por naturaleza, contemplativos. Precisamente porque durante los primeros meses tienen escaso influjo directo sobre las realidades que los rodean —no pueden obrar sobre su entorno y manipularlo o modificarlo—, todo su afán se centra en descubrirlas y acogerlas precisamente como lo que son: una suerte de regalo con el que se topan al venir al mundo, sin tener que poner nada de su parte, y cuyo descubrimiento genera un inefable gozo.
Deberíamos fomentar en nuestros hijos esas ansias íntimas de saber. Pues, como explica Murphy-Witt, «… los niños nacen como investigadores. Son increíblemente curiosos y creativos, quieren llegar al fondo de todo, descubrir el mundo a su alrededor y hacerse con él pedazo a pedazo.»
Aunque luego tenga que añadir:
«Mala suerte para ellos que nuestra sociedad de alta tecnología automatizada les ofrezca tan pocas posibilidades en este aspecto. Así se ve frenado más de un espíritu investigador antes de poder desarrollarse del todo. Es cierto que la televisión e Internet ya les llevan a los niños todo el universo a la sala de estar, pero quien solo conoce la vida por imágenes de co­lor artificiales en lugar de vivir experiencias tangibles, quien solo pulsa los botones del mando a distancia, prácticamente no llega a conocer el mundo real. ¡Lástima!, puesto que de este modo los niños carecen a menudo de experiencias sensoriales importantes que ne­cesitan obligatoriamente para desarrollar la motricidad, el equili­brio y la percepción corporal. Y quien no se encuentra en su cuerpo como en casa, quien no se siente cómodo en su piel, tiene proble­mas para enfrentarse a sí mismo y a su entorno. ¡Un prerrequisito nada adecuado para tener una infancia feliz!»
      5. Hasta el fondo… Quiero insistir, por su especial relevancia, en que los pequeños anhelan saber, en el más cabal sentido de este vocablo.
Es decir, llegar hasta la respuesta última de las cuestiones que a nosotros ya no nos asombran, no tanto porque hayamos logrado comprenderlas, sino sencillamente porque nos hemos acostumbrado a ellas.
También en este extremo tienen nuestros hijos mucho que enseñarnos… si les permitimos ser niños.
Como botón de muestra, valgan estas palabras:
«Por lo general solemos creer que entendemos lo que el niño está pensando o sintiendo cuando, en realidad, nos hallamos muy lejos de la verdad. La respuesta demasiado rápida puede hacernos pensar la posibilidad de descubrir lo que el niño quiere decirnos en realidad. Cuando con­seguimos escuchar a los niños sin juzgarlos, criticarlos u ofrecerles una solución, solemos sorprendernos por los problemas que verdaderamente lespreocupan.»
      6. Y de comunicarse. La facilidad de comunicación de los niños la hemos comprobado todos. ¡Cuántas veces no nos habremos sorprendido, por ejemplo, de hasta qué punto le resulta sencillo a un hijo nuestro jugar y «entablar conversación» con otros chicos recién conocidos… ¡y de distinto idioma!
Son muchas las razones que permiten vislumbrar este hecho. Entre ellas, la confianza del niño hacia sus semejantes y hacia el mundo; la ausencia de miedo a mostrarse como es; el convencimiento de la propia ignorancia, sin que ello le produzca complejo alguno, sino ganas de superar ese estado…
Y, sin embargo, los adultos —con nuestra suficiencia— impedimos a menudo que el niño nos cuente lo que piensa o lo que le ocurre. A menudo, cuando en medio de una conversación un amigo intenta esclarecer lo que yo estoy diciendo y no es comprendido por el resto, le digo en tono de broma: «¡por favor, no me interpretes en mi presencia!»
No obstante, esta es la postura ¡habitual! con nuestros hijos. Como dicen Salomé y Galland, «… si deseo mejorar mi comunicación, lo primero que debo hacer es preguntarme por el modo en que he aprendido a comu­nicarme. Probablemente perciba que he aprendido a incomuni­carme, y descubriré que desde muy temprana edad fui despo­seído de mi palabra por las personas que me querían y que, cre­yendo comprenderme, hablaban por mí.»
Pero, sobre todo, hijos
      7. ¡Sentirse hijos! Lo he dejado para el final, precisamente porque lo considero lo más importante de todo.
El hecho, por otro lado bastante lógico, es que los niños manifiestan de una manera connatural y extraordinaria la condición básica constitutiva de todo ser humano: la filiación, con cuanto lleva aparejada, especialmente la necesidad de unos padres-padres.
A veces he explicado, de manera un tanto provocativa, que nuestros hijos no tienen derecho a tantos objetos y concesiones con los que a menudo queremos comprar su anuencia y nuestra tranquilidad. Y que, por el contrario, gozan de un único derecho, del que nadie debería jamás privarlo: el derecho sacrosanto a la persona de cada uno de sus padres y al amor recíproco de esas dos personas.
Así lo exponen Murphy-Witt y Krappmann: «Más que nada los niños necesitan atención, sobre todo la de sus pa­dres.
Están ávidos de elogios y reconocimiento por lo que han logra­do. Quieren recibir dedicación, sentir la cercanía. Si tienen la sensa­ción de que no son tomados lo suficiente en cuenta, seguro que se les ocurre rápidamente algo para obligarnos a los adultos a reaccio­nar. Entonces se riñe, se arma jaleo y se hacen tonterías. Y en un ins­tante empezamos a maldecir, con lo que ya hemos caído en su trampa, puesto que han conseguido exactamente lo que querían: atraer toda nuestra atención hacia ellos. ¡Mucho más felices serían nuestros hijos si recibieran más a menudo, en lugar de nuestra atención negativa, la positiva!
“Los niños tienen que sentir que son bienvenidos”, concluyó el pro­fesor Lothar Krappmann, sociólogo berlinés, en el tercer simposio europeo sobre desarrollo del niño en Hamburgo.
Sentir eso cada día de forma renovada es la mejor base para una buena relación entre mayores y pequeños. Así es posible solucionar también conflictos y disputas. Los niños necesitan la confianza de sus padres, en ellos mismos y en la relación mutua. Y quieren ser aceptados como son. ¡Nada de refunfuñar constantemente y nada de programas de ree­ducación!»
Y, de manera aún más directa, citando a Els­chenbroich: «Los niños necesitan intranquilidad y estimulación, pero también tranquilidad, opina la investigadora sobre juventud Donata Els­chenbroich: “Experiencias intranquilizadoras en el encuentro con muchas cosas que son más grandes que uno mismo. Y la percepción tranquilizadora de la que son responsables los adultos: que no se está solo con esta experiencia y que la última palabra todavía no se ha dicho”. Por eso los niños necesitan sobre todo a unos padres que estén siempre ahí para ellos, que sean fuertes y los protejan, que les ofrezcan apoyo, respaldo, seguridad y constancia.»
Los niños manifiestan, sin tapujos y de manera excepcional, la condición fundamental de todo ser humano —¡ser hijo!— y el derecho a ella aparejado: el derecho a la persona de sus padres
4. Conocerlos y ayudarles a que se conozcan
Un pequeño test
      1. Con todo lo cual, estamos poniendo en práctica uno de los principios-clave de toda educación, al que ya aludí en un artículo precedente: además de aceptarlos incondicionalmente y favorecer su propia auto-aceptación, hemos de conocer a nuestros hijos y ayudarles a que se conozcan a sí mismos.
Para que esto se produzca son imprescindibles ciertas actitudes y actividades. ¿Las realizamos usted y yo? Tal vez la lectura y una respuesta sincera a estas preguntas pueda servirnos de ayuda:
«¿Sabe qué ha hecho hoy su hijo en el colegio? ¿Al lado de quién se sienta, si tiene problemas con los profesores o le resulta difícil mantener el ritmo de la clase? ¿Sabe si está contento, si le moti­van los temas que se exponen, si tiene amigos o si se muestra re­traído en clase? Solo en un tanto por ciento no muy elevado de fa­milias europeas se habla en casa sobre el colegio. Y sobre los libros que leen los niños y qué películas y programas de televisión ven, muy pocos padres hablan con sus hijos al respecto. No es de ex­trañar que los déficit de conocimiento no se descubran lo bastan­te pronto y los problemas no se reconozcan hasta que llegan las cartas preocupantes del colegio. ¿Demasiado poco tiempo para mantener conversaciones intensivas en la vida diaria de la fami­lia? ¿Demasiadas cosas que ocupan siempre las cabezas de ma­dres y padres?»
Luego…
      2. Encontrar las ocasiones para jugar y conver­sar con cada uno, para interesarnos realmente por sus cosas, que nunca son para ellos poco importantes, aun cuando a veces esto signifique renunciar a la propia tranquilidad o sacrificar un poco del tiempo que podría dedicarse a la profesión o al descanso.
Recuerdo, con palabras de Alexander Lyford-Pike, que «… la misión principal de la vida es sacar adelante a la familia. Deben recordar, especialmente los hombres, que sus hijos son el principal negocio a atender. Es imposible ser feliz, si se fracasa en sacar adelante la familia.»
      3. Escucharlos con paciencia, afecto, interés y simpatía (y también con «empatía»), como si se tratara de nosotros mismos o de la persona más querida, de mo­do que lleguemos a comprender el porqué de sus dificultades, desilusiones, tristezas, errores, mimos, etc.
Que no suceda lo que recogen Faber y Mazlish de boca de un padre: «Descubrí que antes nunca había escuchado a mis hijos. Esperaba que terminasen de hablar para decir lo que tenía en mente. Escuchar de verdad es una ardua tarea. Tienes que concentrarte si no quieres dar una respuesta estereotipada.» 
Y eso, en to­das las etapas de la vida: desde que empiezan a hacerse entender hasta la etapa tan problemática de la adolescencia... y siempre.
Nunca es buena la presunción de que, por nuestros años, experiencia, estudios, etc., la razón se encuentra de nuestra parte.
      4. No responder sistemáticamente a sus preguntas, por abulia o pereza, con un cansino «no lo sé». Los niños multiplican sus interrogantes, justo cuando advierten ese desinterés.
En el extremo opuesto, resulta muy oportuno, ante una pregunta del chico, ofrecerle la oportunidad de que él mismo encuentre la solución: «Y tú, ¿a qué piensas que es debido?»
Al lograr, mediante los interrogantes adecuados, que nuestros hijos alcancen la respuesta a lo que les preocupa, además de menestrales nuestra confianza en ellos, les hacemos conscientes de sus propias capacidades.
      5. Cuando no se sabe bien qué razones dar para acoger o rechazar sus peticiones, tener la humildad de decir, por ejemplo: «Déjame que lo piense».
Y lo mismo cuando nos consultan sobre algo que tienen derecho a conocer, pero que nosotros no tenemos claro.
Es muy formativo para los hijos —y hace crecer en ellos el aprecio por nosotros— advertir que siempre estamos dispuestos a atender a sus demandas, pero también que reconocemos sin problema que no somos omnipotentes ni lo sabemos todo.
Esta manera de comportarse suele evitar dificultades en la edad crítica de la adolescencia.
Resulta imprescindible conocer a nuestros hijos y ayudarles a que se conozcan bien a sí mismos
5. Fomentar su libertad responsable
Compendio
   A manera de marco y resumen, antepongo  una descripción de Macià, que conviene leer «en clave operativa»:
«La libertad del hombre radica en que puede decidir. En los hijos es importante crear un clima de libertad desde muy pronto, desde edades tempranas. 
Primero haciendo que ejerciten la capacidad de elegir en co­sas pequeñas y a nuestros ojos insignificantes, pero intentando que “razonen” por qué deciden una cosa u otra. En un ambien­te familiar adecuado, de comprensión y respeto, se reforzarán las elecciones acertadas y se pasarán por alto los pequeños errores consecuencia de elecciones incorrectas, exigiendo de forma cari­ñosa (no autoritaria) una nueva elección (no abandonar a la pri­mera dificultad) que pueda ser más adecuada.
Tomando constantemente nosotros las decisiones, haremos que nuestro hijo sea incapaz de decidir nada en su vida. Imponiendo siempre nuestros criterios por miedo a que nuestro hijo se equivoque al decidir por sí mismo, crearemos una relación de dependencia no­civa para nuestro hijo que necesitará siempre de nuestra aproba­ción para emprender cualquier acción.
De esta forma, estaremos dificultando que nuestros hijos:
— Aprendan a tomar decisiones por sí mismos.
— Vayan conformando sus propios criterios.
— Ejerzan su responsabilidad personal.»
Que puede muy bien traducirse en los siguientes principios:
   1. Conceder a los hijos —de manera pro­gresiva, según la edad, pero realmente, desde el fondo del corazón— toda vuestra confianza, arriesgándoos sin dudarlo a que alguna vez «fracasen»… y a que os «engañen».      
   2. Favorecer el espíritu de iniciativa del niño desde muy pronto y dejar que haga las cosas por sí mismo —que inicialmente resulta más costoso que hacerlas nosotros—, asumiendo con espíritu deportivo las molestias complementarias que tal actitud pudiera originar.
Como sostienen Faber y Mazlish, «… cuando se coloca a las personas en una posición dependiente, aparte de una pizca de gratitud, suelen experimentar unos abrumadores sentimientos de desamparo, incompetencia, rencor, frustración y rabia.»
Y también: «En el momento en que ofrecemos a nuestros hijos consejos o solucio­nes instantáneas, les robamos la experiencia de luchar con sus propios problemas.»
   3. Distribuir encargos acertados entre los hijos, enseñando también que, en determinadas ocasiones, si existe causa justificada (exceso de cansancio, proximidad de un examen, etc.), uno supla en lo que debería realizar otro.
Se trata de una de las acciones más difíciles pero al mismo tiempo más eficaces. Cualquier hijo en condiciones normales está dispuesto a echar una mano a sus padres… con tal de que esa tarea no le corresponda a otro hermano. Lograr que superen esa especie de agravio comparativo es poner las bases de una generosidad auténtica y duradera.
También aquí vienen a cuento, aunque excedan con mucho lo que pretendo ilustrar, unas palabras de Menchén: «La familia puede ser una escuela maravillosa de generosidad; aunque, por desgracia, se puede convertir y de hecho se convierte con demasiada frecuencia en una suma de egoísmos. Dos aspectos concretos que se deben tener presentes para educar a los niños son: que aprendan a alegrarse con las alegrías de sus hermanos, y que la familia no se cierre sobre sí misma, que esté abierta a otras familias, a la sociedad.»
Pelearse como buenos hermanos…
   No lograrlo, por el contrario, no debería nunca preocuparnos. Me gusta repetir una expresión que ignoro si la he acuñado con base en mi experiencia o está presente en mi entorno lingüístico: «pelearse como buenos hermanos».
Pienso que manifiesta adecuadamente lo que pretendo afirmar: como nos sucede también con los adultos a quienes amamos, es justo una manifestación de cariño el discutir y el enfrentarse con los seres queridos; como también los hermanos suelen formar una auténtica piña cuando perciben una posible agresión «externa» —de fuera de la familia— hacia alguno de ellos.
Samalin lo expresa con la elegancia acostumbrada. Comienza animándonos a descubrir lo que hay de bueno en las «fricciones fraternas»:
«Por muy difícil que sea ver a los niños discutir y pelear­se por nuestra atención, siempre podemos consolarnos si encontramos el lado positivo de la rivalidad entre los her­manos.»
Apunta de inmediato que la familia es, también en este aspecto, escuela de socialización y convivencia:
«Tal vez resulte difícil de creer cuando los oímos gritarse entre sí, pero las relaciones entre hermanos son la mejor práctica posible para que aprendan a convivir con otras personas. La lucha con un hermano en la seguridad del propio hogar da una oportunidad a los niños para que "luchen con honestidad", busquen la solución a un con­flicto, eliminen diferencias y se den cuenta de que la vida no siempre es justa. (A alguien deben arropar en la cama, sólo uno puede romper el huevo o ser mecido en el re­gazo de papá.)»
Esboza el enriquecimiento afectivo que esas «luchas» llevan consigo:
«Las relaciones entre hermanos también proporcionan a los niños una posibilidad de experimentar —y, esperamos, de expresar— toda una serie de emociones. A veces nos asombramos por los sentimientos tan contradictorios que tienen entre sí. En un momento dado, se están molestan­do y al siguiente juegan tan tranquilos o se ríen de alguna complicidad divertida. Los hermanos experimentan emo­ciones muy intensas y contradictorias entre ellos. Mientras notamos mucho los celos y las discusiones, tal vez porque se expresan en voz más fuerte, en ocasiones no nos da­mos cuenta del gran cariño que nuestros hijos sienten en­tre sí.»
Y nos anima a permanecer al margen y disfrutar serenamente del espectáculo:
«La próxima vez que se chillen y usted haga todo lo posible por mantenerse al margen, recuerde que esa am­bivalencia es normal, y que su relación mejorará con el tiempo. ¡La única constante es el cambio! Una niña de nueve años puede tener poco en común con su hermano de doce, y mucho sobre lo que discutir, pero dentro de poco estarán mucho más próximos y unidos por sus mu­tuos intereses de adolescentes.»
Confianza, confianza y confianza
   4. Implicar a los hijos, con un equilibrio adecuado, no solo en las decisiones que le afectan exclusivamente a él, estimulándoles para que hagan sugerencias para el bien de la familia… y acogiéndolas incluso cuando las nuestras nos sigan pareciendo un poco mejor que las que propuestas por ellos (entre otros motivos, porque es muy fácil que las nuestras, solo por serlo, las consideremos mejores… sin que realmente lo sean).
En relación con este extremo, se ha escrito atinadamente: «Cuando los niños hacen preguntas, merecen primero una oportunidad de explorar ellos mismos la respuesta.»
Y también: «Cuando intentamos proteger a los hijos de un desengaño, les "protegemos" de anhelar, de batallar, de soñar, y algunas veces de realizar sus sueños.»  
   5. No rechazar globalmente, y mucho menos a priori («tú calla, que de esto no sabes») ni siquiera aquellas insinuaciones de los hijos que nos parecen más insensatas; por el contrario, esforzarse para descubrir y valorar cuanto hay de bueno en sus ideas… puesto que siempre hay algo bueno.
Es eficacísimo llegar al convencimiento real, profundo, sincero, de que los padres tenemos mucho que aprender incluso de los más menudos de nuestros hijos.
Según explican los Robinson:
«No son nada infrecuentes sus gestos de generosidad cuando saben que se cuenta con ellos. Hemos conocido muchos adolescentes y niños, que al volver de sus centros escolares, se encargaban de todas las faenas de la casa cuando la madre se encontraba indispuesta; que no pedían un céntimo cuando se les había explicado alguna compro­metida situación económica, etcétera.
Ellos nos han sorprendido más de una vez por su acierto al ser consultados sobre problemas de sus hermanos menores, acerca de quienes suelen tener puntos de vista  interesantes a los que no siempre podemos llegar nosotros
En todos estos casos, el sentirse lealmente consultados por nosotros, les da un sentimiento tan profundo de responsabilidad, colaboración y entrega que, solo por eso, vale la pena el hacerlo de vez e cuando.»
   6. Tener también fe en la capacidad del ni­ño o de la niña para luchar por superar sus defectos, comprometiéndonos personalmente en ese combate… hasta sufrir con sus derrotas, si llegare el caso.
Por eso, cuando el hijo caiga una vez más en alguno de esos defectos, hemos de comprenderlo efectivamente, ayudarlo con palabras de ánimo —después de rehacernos nosotros mismos, si fuera preciso—, y no limitarnos a echarle en cara su debilidad.
En definitiva, mostrar que seguimos confiando plenamente en ellos —¡no olvidemos nunca su condición de personas!— y que estamos dispuestos a comenzar de nuevo la lucha con moral de victoria.
Explica Lyford-Pike, uniendo varios de los consejos aquí recogidos: «Una vez que su hijo ha recibido la medida disciplinaria […], el asunto queda terminado.
No acumule rencor o resentimiento recordándole, en ocasiones posteriores, su mal comportamiento anterior.
Cada situación es nueva. En vez de recordarle su mala conducta anterior, manifiéstele confianza en la capacidad del niño para mejorar­la de ahora en adelante.»
Sin libertad no hay quien madure
   7. Vencer nuestra natural resistencia a «sobreprotegerlos». Como ya he hablado de ello, transcribo simplemente una nueva anécdota:
«La verdad es que toda esa cuestión de estimular la autonomía resulta más bien complicada. Por bien que comprendamos la importancia de que nuestros hijos sean independientes, hay fuerzas en nuestro interior que se confabulan en contra.
En primer lugar está el tema de la cruda conveniencia. Actualmente, la mayoría de nosotros llevamos una vida ajetreada y marcada por las pri­sas. Nosotros mismos levantamos a los niños, les abrochamos la camisa o les decimos qué han de comer y cómo han de vestir, porque es más fácil y más rápido actuar por ellos.
Además, tenemos que vencer fuertes sentimientos de ligazón con nues­tros hijos. Hemos de luchar para no ver sus fracasos como nuestros. Es difícil dejar que unos seres tan allegados y tan queridos se debatan y cometan errores cuando sabemos que cuatro frases prudentes lesprote­gerían del dolor y el desencanto.
También se necesita mucha contención y disciplina por nuestra parte para no emitir consejos cuando nos los piden, especialmente si estamos seguros de tener la respuesta adecuada. Sé que hasta el día de hoy, siem­pre que uno de mis hijos me pregunta: “Mamá, ¿qué crees que debo hacer?”, he de invocar todo mi autodominio para no expresar mi opinión inmediatamente.
Pero hay un motivo de mayor alcance que obstaculiza nuestro deseo racional de ayudar a los hijos a emanciparse de nosotros. Recuerdo muy bien la profunda satisfacción interior que me causaba saberme totalmente indispensable para tres criaturas humanas. Por consiguiente, fue con sentimientos enfrentados como descubrí que un reloj despertador podía despabilar a mis hijos más eficazmente que todos mis cuidados maternales. Y también tuve una sensación ambigua al aban­donar la tarea de lectora nocturna de cuentos cuando los niños apren­dieron por fin a leer.
Estas emociones contradictorias sobre la progresiva independencia de mi prole me ayudaron a comprender la historia que me contó hace unos años una puericultora. La joven me describió sus esfuerzos para convencer a una madre de que a su hijo no le pasaría nada si dejaba de quedarse en el aula, sentada con él. Cinco minutos después que se fuera la madre, se hizo evidente que elpequeño Jonathan necesitaba un lavabo urgente­mente. Cuando la puericultora le apremió a ir, el niño murmuró con desconsuelo:
— No puedo.
— ¿Por qué? —preguntó ella.
— Porque no está mi mamá —explicó Jonathan—. Siempre me aplaude al terminar.
La puericultora caviló unos segundos.
— Jonathan, puedes ir al retrete y aplaudirte tú mismo.
El pequeño la miró con estupor. La joven le acompañó hasta el cuarto de baño y esperó. Pasados unos minutos, al otro lado de la puerta, oyó ruido de palmas.
Aquel mismo día la madre la llamó por teléfono para decirle que las primeras palabras que habían salido de la boca de Jonathan al llegar a casa por la tarde fueron: “Mamá, aplaudirme a mí mismo. Ahora ya no te necesito”.
“¿Puede creerlo? —exclamó con asombro la puericultora—. La madre me dijo que aquello la había deprimido mucho.”
Sí, pude creerlo. Pude creer que al margen del orgullo que nos inspiran los progresos de nuestros hijos y de nuestra alegría por su creciente inde­pendencia, a menudo subsisten en nuestro interior el pesar y el vacío de no ser ya imprescindibles.
Los padres viajamos por una senda de sabor agridulce. La emprendemos con una entrega total a un ser humano diminuto, desvalido. A lo largo de los años sufrimos por él, hacemos planes, le consolamos e intentamos ser comprensivos. Le damos nuestro amor, nuestra abnegación, nuestros conocimientos y nuestra experiencia, para que algún día ad­quiera la fuerza y la confianza interiores que le darán independencia y le apartarán de nuestro camino.»
Es eficacísimo llegar al convencimiento real, profundo, sincero, de que los padres tenemos mucho que aprender incluso de los más menudos de nuestros hijos

 

Málaga, 28 de agosto de 2007

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
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